jueves, 25 de agosto de 2011

Capítulo Treinta y cuatro: 13 años de soledad

¿Cuántas cosas pueden cambiar en apenas 13 años?¿En diez?¿Y en siete?¿Cuatro?...

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En una casa mediana, una joven recién casada se preparaba para recibir a su esposo. Hacía unos cuatro años había empezado a ser soldado de un ejército muy particular, y pese al peligro que pasaba, ella nunca dudó en que siempre volvería. Siempre lo hacía.
Entonces la puerta principal se abrió y él entró. Con su ropa manchada de barro, su cara de cansancio y una expresión seria como ya era habitual. La chica de cabello anaranjado y con su trenza cocida fue y lo abrazó con emoción. La alegría de ella contrataba con el frío abrazo de él al verla, parecía alejado de todo. Después de contarle que todo iba bien, él y sus hermanos, todo en orden tomó su bolso y se dirigió a su cuarto. La esposa lo atendió con paciencia, nunca era efusivo o entusiasta, pero quizás era otra cosa. Algo que ella no quería aceptar.
El hombre, dejó su uniforme a un lado, estaba bastante marcado por moretones y una que otra herida que luego debería hacer ver con su esposa. Ya estaba tan acostumbrado al dolor que sólo se quejaba por costumbre. Se sentó en la cama, se sacó la camiseta y colocando sus brazos en las rodillas se frotó el cuello pensativo. En su pecho colgaba un amuleto extraño. Este lo miró y lo besó sin más.
Su esposa, se quedó helada al verlo con esa actitud y su expresión fue la de un completo odio al ver como le dedicaba una sonrisa a ese objeto.

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Una joven con un pañuelo verde y azul en la cabeza pintaba con tranquilidad en su terraza mientras a su costado descansaba un cigarrillo, el cual fue tomado entre las manos de la misma e inhalado sin emoción alguna. Una mujer mayor entró y entonces la abrazó para correrla y ver el cuadro.

— ¿Ves? Te dije que serías buena en esto, aunque nadie lo vea, eres demasiado buena para seguir de maestra, presenta algo a un experto, hazme caso...—entonces la mira más detenidamente, le saca el pañuelo de la cabeza y sorprendida exclama— ¿Nuevo corte?

La joven ríe y busca su pañuelo pero se lo coloca de bufanda esta vez, apenas se toca su cabello recién cortado y mientras vuelve a su cuadro le explica.

— Siempre tenía que lavarme el pelo después de pintar por mancharme, entonces lo corté un poco.

—¿Un poco? Un poco más y te confundiría con un chico bishoujo, como dices. —bromea ella y entonces le toma un mechón, si apenas le quedaban diez centímetros de su antes larga cabellera— Me gustaba más largo, déjalo largo Amuria.

— Gracias por el ánimo. —esas palabras le eran familiares, pese a haber pasado ya siete años no recordaba mucho de su otra vida— Mira a mi me gusta así, es más cómodo y punto. Igual, ¿no te gusta?

— Aww....gatita...me encanta con tal que te guste a ti, no hagas caso de mis fetiches, ya me conoces.

Le quita el cigarro de la mano y le da una calada profunda terminándolo y tirándolo al suelo. Acto seguido lo pisa.

— No imites ese vicio, recuerda, eres humana...puedes morir. —dice regañándola.

— Lo sé, pero que quieres, eres mi ejemplo. —se excusa divertida.

La mujer solo le sonríe y se va a hacer sus cosas. Lucía seguía siendo su misterio, pero ya eran como hermanas o buenas compañeras, la joven nipona no se despegaba de ella y más de una vez se la encontró llorando y fue ella quien la consoló aún sin que esta confiara para contarle que le apenaba tanto. Amuria aprendió en el tiempo que estaba con ella, que nunca lograría acercase más a su mente que lo que era el trato gentil y las pequeñas historias de su infancia. Sólo sentía mucha pena los días en que la veía deprimida, como si un piano se le hubiera caído encima se la pasaba sentada en su cama mirando hacía la ventana y no comía en todo día. Era preocupante, pero la joven había aprendido a no consumirse en eso y comenzó a estudiar pintura. Así se había transformado en profesora y recientemente pintaba sólo por decorar las blancas paredes de la casa donde vivía.

— ¿Por dónde iba? Ahh cierto... por las alas.

El cuadro que estaba haciendo era muy interesante. Lo venía pensando hacía varias veces, hasta había soñado con él. Un enorme dragón abriendo sus alas al amanecer. Mientras lo hacía sentía una gran ansiedad, sonreía al ver su trabajo, pensando que podría ser algo más. No estaba segura, pero últimamente tenía muchos sueños con dragones, quizás en otra vida había sido uno, quien sabe. Siente unos pasos a su espalda, se voltea pensando que Lucía la estaba espiando pero no ve a nadie. Ya hacía varios meses que le pasaba eso. ¿Habría un fantasma?¿En la casa o en su mente? Seguro era su imaginación.

Esa misma noche, alguien fue a visitarla, un espíritu juguetón. Una joven de cabello blanco y un kimono junto a una bufanda rosa. La mira y le acaricia la mejilla, ríe por lo bajo y le dice:

— ¿Quién es la anciana ahora? Aww te ves tierna, aunque más vieja...a veces me equivoco, cambiaron tu nombre. Bueno una de trescientas no es mala predicción. —suspiró y entonces se levantó de la cama sin despertarla— Tienes suerte de tenerme de guardiana, sino, ¿qué sería de ti? —dice arrogante como siempre y al salir se encuentra con una mujer que la miraba atónita—.

— ¿Suzuki?

— Lucía, hermosa, tanto tiempo. —dice fingiendo amabilidad— Aún recuerdo lo que deben tu y tu hermana.

— Si, lo sé, este...¿no me podrías decir algo?

— ¿Qué quieres? —nunca negaba ayuda, aparte se la veía más humilde a cuando era una ha'ngô.

— ¿Hay forma de deshacer un contrato de sangre?

— Lo siento niña, esos son bajo vida o muerte, nada se puede hacer. Inclusive si yo hiciera uno no podría librarme de él nunca, tendrás que sufrir las consecuencias... ¿Qué hiciste? —pregunta curiosa mientras le da la espalda.

— Vendí mi alma por la razón equivocada. —dice cabizbaja cuando al levantar la vista puede observa que la estrella ya no estaba.

Suzuki la miró desde lejos y exclamó:

— Pobre niña, mejor dicho, pobre madre. ¿Cómo no me di cuenta? No puedo pensar que lo sé todo...—se recriminó por su egoísmo.

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Ya eran diez años, una mujer y un hombre estaban en la intimidad cuando un pregunta lleva a la otra, se arruina el momento. Ella se separa y llora a sus espaldas, ya venía soportando eso demasiado tiempo. Johana estaba cansada, ni todo el amor u obsesión en parte podía seguir fingiendo que todo estaba bien. Él no la amaba, eso lo sabía aún el día en que se casaron, pero ella siguió por obstinada y ahora después de tanto años estaba en la misma cama que él, en su casa y aún así esa vida no le pertenecía. Allan intentó reconfortarla, solo empeoraba las cosas, viendo cosas que en esas caricias no existían. El dragón la abrazó, ella lo rechazó.
Sin más opción que ser honesto, tomó su ropa, se vistió y antes de irse le confesó:

— Lamento esto, yo no quise herirte nunca. Creí que podría llegar a amarte, porque creía que le amor se construía. Pero es inútil construir donde aún hay escombros. Yo lo siento.

— Sólo vete. —sollozó cuando al oír la puerta susurra— Sé feliz Allan.

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Trece
En un lugar lejano, una mujer rehacía un trato, un trato que definiría su futuro. Firmó con su sangre por segunda vez y entonces su demonio muy seductoramente la abraza y dice:

— ¿Ahora entiendes por qué te pedí que te encargaras de ella? Sabía que caerías de nuevo...ya van dos hermana, pronto tres, tu corazón siempre fue débil.

— ¿O quizás muy poco egoísta? Me gustaría que así fuera.

— Eres débil, sólo eso hermana, pese a haber nacido juntas siempre fuiste mía y así seguirá siendo. —se le acerca y toca su rostro— Ya no puedo esperar, estas vieja pero no importa, pronto morirás y podré darte la forma que quiera. Ahh Lucía anímate, todos aquellos que quieres son felices, claro a costa de tu propia felicidad.

— Está bien, lo acepto, lo más seguro es que no la merezca. Yo me preguntaba si podría..

— Cada diez años hermana, diez años, pero ve el lado bueno faltan sólo tres. En cuanto a este nuevo contrato, tu tiempo se acortará en digamos tres años, así que espero lo encuentres pronto o sino morirás sin volver a verlo.

— Lo sé, aún así Amuria lo vale, ella hará mejor uso de su vida que yo.

— Bien, no te preocupes haré mi parte del trato, la liberaré del lazo con Aiperus. Siempre pensando en los demás, te quemaras en el infierno.

— Al menos no te dejaré sola Juliett, nunca te dejaría sola. —comienza a llorar.

— No importa eso, yo ya no siento emoción alguna por ti, ahórrate las lágrimas.

— Tienes razón.

Fue transportada de vuelta a su hogar, nuevamente, si antes no podía salir ahora menos y sin embargo nunca se arrepentía. Se dirigió al cuarto de Amuria y la vio dormir, ya se estaba poniendo grande. Sus lentes a un costado, resultado de su vista corta. Su cabello algo crecido al estilo careé, le sentaba muy bien pero la hacía aún mayor. Entonces al verse en el espejo del mueble se dio cuenta, que todo lo bella que se había puesto Amuria se le había ido a ella en los años. Se sintió rara, pensar que estaba vieja y aún lloraba por las mismas cosas. Luego miró a la joven dormir, recordó cuando veía a su propio hijo en la misma posición, bella y antiguas épocas. Si hacía lo correcto, sonrió de lado y se dijo a si misma.

— Tres años no son nada, yo te encontraré.

Ilusionada por atreverse a decir eso se marchó a descansar. Mientras en los sueños de la joven se podían distinguir la figura de un hombre solitario y una mujer solitaria, ambos se encontraban y eran acogidos por un enorme dragón rojo. Su memoria volvería con él.

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Hacía tres años él vagaba solo por los caminos en busca de algo, no se guiaba por la vista, casi había olvidado como se veía pero nunca olvidaría su esencia. Ella estaba viva y aunque le tomara su vida entera debía buscarla. Mientras caminaba hacía un pequeño pueblo de Moscú el amuleto en su pecho brillo por primera vez...quizás estaba a miles de kilómetros pero ya tenía una pista. El porqué Amuria le había dejado ese regalo, para encontrarla.

— Espérame un poco más.

Dijo al viento mientras volvía a su campamento, debería dejar las cosas en claro con Frank y Erin. Sabía que lo regañarían por dejarse guiar por una corazonada, más aún porque lo creía perdido en esa causa, él seguiría. Pero lo que nunca supo fue que antes de poder emprender su viaje de regreso a ella se cruzaría con un demonio desquiciado y rencoroso. Un demonio que debía cobrarle una vieja pelea.

CONTINUARÁ

sábado, 13 de agosto de 2011

Capítulo Treinta y tres: La canción

Existen varias cosas que conectan a las personas, a veces son muy obvias, otras no tanto. Éstas puede ser desde simple tics de mirar a la nada cuando en realidad miras más allá de la distancia sintiendo la atenta mirada de la otra persona, hasta ese momento en el cual tiendes la mano en la cama esperando a sentir otra que te la sostenga.

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En un hospital bastante carente de buenos servicios pero al fin funcional se encontraba un chico recostado entre tres sillas de la sala de espera, lucía agotado. Una enfermera lo miraba con atención, lo conocía, eran viejos amigos. Se le acercó y con suavidad le despertó, preguntó por quién esperaba y al oír la respuesta casi entra a zancadas para darse por enterada.

— ¡Espera Johana! -le dice a la par que algo desorientado se levanta e intenta detenerla-.

Al abrir la puerta se lo halló en una escena un tanto perturbadora. El joven con unos vendajes en el pecho, con sueros y varias cicatrices aún abiertas sobré sus brazos. Jamás lo vio tan mal como ese día.
Se llevó las manos a la boca para evitar gritar mientras siente los brazos de Frank rodearla y en lo que la está sacando de la habitación escuchan un murmullo un tanto extraño.

— ¿Cómo se llama esa canción?

Ambos se voltean y lo miran, estaba sonriendo con los ojos cerrados. Notan que había una pequeña radio a un costado de la ventana, una melodía se escucha de fondo. Los dos se miran, ¿el nombre de la canción? Johana se acercó al reproductor y entonces al terminar la canción hubo un gran silencio y luego nada. Se había cortado la señal.

— Lo siento Allan, no dijeron. —le responde un tanto desilusionada.

— ¿Qué hay con esa canción hermano? — dice serio, aunque en el interior tenía una alegría inmensa por oír su voz de nuevo.

— Porque soñé que bailaba esa canción, y era tan feliz entonces. —abrió los ojos mirándolos de una forma tan melancólica que provocaba abrazarlo, sonrió ampliamente— Era tan feliz.

— Allan...—exclamó Johana y entonces fue y le acarició el rostro, lo único que carecía de herida alguna.

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Mientras Amuria limpiaba su cuarto, Lucía el pasillo, esta última puso la radio y después de varias canciones movidas se escuchó la voz del animado locutor.

"Ahora para los románticos, para aquellos que buscan una excusa para ser románticos...para ustedes este clásico.."

Entonces al oír la canción, el cuerpo de la joven no pudo contenerse, como si estuviera en otro lugar, buscaba a alguien. Salió como hipnotizada al pasillo y entonces al verla tan distraída Lucía se le acercó y le preguntó si estaba bien. Amuria no la miraba, aunque parecía hacerlo, como si no estuviera en el mundo real. Con un hilo de vos la oyó decir:

— Si quiero bailar.

La mujer de cabello enrulado sólo se dejó llevar con una sonrisa tonta en el rostro y tomándola por la cintura la hizo bailar. Se notaba que era media dura pero igual, la expresión en su rostro no tenía comparación. Lucía se impresionó, sabía que estaba soñando despierta, pero se moría de ganas de saber con quién. La joven solo sonreía y sus ojos brillaban como si viera lo más hermoso del mundo. Estaba encantada bajo la dulce melodía.
Lucía bailaba muy bien, experiencia claro, la llevó la dio vuelta pero no lograba hacerla reaccionar. Sólo se reía a los tropezones de ella y dejó a ver cuando volviera en sí.
Al terminar la música Amuria finalmente apareció de verdad, al notar la posición en la que estaban se sonrojó toda y le preguntó:

— ¿Qué estás haciendo?

— Lo que me pediste gatita. —la suelta y entonces ya seria nuevamente le cuenta— Estabas soñando, al parecer algo bueno...dime...¿con quién soñabas?

— ¿Con quién soñaba? Pues con un...—entonces su mente se bloquea y no logra recordar nada, incluso su vista le falla y cae al suelo.

— ¡Amuria!

La sostiene hasta que se le pasara aquel problemas, sintió mucho frío a su alrededor, había un demonio cerca de ella. Entonces saca de su cuello una cruz plateada y con su larga cadena también la envuelve a Amuria. Ya lo había sentido antes, esa entidad había llegado con la joven. Al sentir como se alejaba, miró a la nipona un momento. Había algo en ella, que por alguna razón la hacía reaccionar así, como si fuera su deber protegerla. Le deja su amuleto y le besa la frente.

— ¿Qué fue eso? —pregunta ya recuperando el control de sí misma.

— Un demonio, y uno poderoso, al parecer. Niña creo que ya se porqué no logras recordar todo, alguien no quiere que lo hagas...

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Mese después de accidente, Allan se hallaba con su hermano en la casa de sus padres. Al menor aún le costaba un poco caminar, de verdad no podría tomarse todo tan a broma a veces, había estado bastante grave. Estaba mirando por la ventana distraído en sus pensamientos, entonces una joven de   cabello rojo anaranjado lo abraza por el cuelo y apoyando su mentón sobre el cabello de él le pregunta qué estaba pensando.

— Nada. —responde nuevamente en su actitud distante.

— ¿Quieres que te haga pensar en algo? — lo suelta y quedando frente de él choca sus narizes apenas y entonces sin aviso lo besa con pasión.

El dragón estaba cansado y muy solo, se dejó llevar ante ese cariño ya tan distante en su memoria. Entonces le correspondió, ignorando lo que aún sentía y al sentir tan cerca. Estaba sentaba sobre él y su rostro le sonreía con picardía, Allan sabía lo que significaba. Se veía desanimado y un tanto triste pero aún así fingió una sonrisa y le susurró en el oído a ella.

— Dime idiota, sólo dilo. —cerró los ojos para engañarse a sí mismo.

— Idiota. —dijo por lo bajo y entonces sintió cómo los labios de él descendían por su cuello.

Allan estaba al recordarla, y entonces sólo se dejó llevar como antes por sus instintos, olvidando así por unos minutos el amor. Pero fue en ese momento que alguien llamó a la puerta, algo quiso evitar que eso pasara. Y por alguna razón, el dragón pudo reconocer esto y se alejó de la Johana para ir a atender. Pese a las quejas de ella que ya estaba semidesnuda, él asumiendo que era importante salió a ver quien era aún con alguno vendajes en su pecho descubierto.
Se encuentra con un joven rubio que ocultaba su miraba bajo unas gruesas gafas de sol. Estaba pelado casi y entonces sonrió extrañado y le dijo:

— Me costó encontrarte, hasta se rumoreaba que habías muerto amigo. — se le acerca y entonces se saca los lentes para que pudiera apreciar sus ojos pervertidos, lo besa en la mejilla— ¿Tiene la memoria afectada por ese golpe?

— E-em-mber...—se da cuenta por el beso y entonces lo mira poco amistoso— ¿Qué haces aquí?

— Seguramente no lo mismo que tu, sólo vengo de mensajero, me han dicho que esto fue encontrado en la escuela. Y estoy seguro que es tuyo.

— Tengo prisa, dame lo que sea que quieras. —entonces se percató de su insinuación y le dijo— No seas mal pensado, estoy solo. —mintió.

— Tienes un olor a mujer excitada muy fuerte como para disimular A-chan. —dice y entonces le entrega un sobre— Ten, que yo sepa sólo había una persona a quien le decía así cariñosamente.

Al ver el sobre, la letra de Amuria, un palabra que hizo que se estremeciera y sintiera culpa.

~ Tonto Allan ~

El rostro del dragón cambió, ese tonto, cómo lo fingió Johana jamás seria como sonaba de ella. Entonces dejó al demonio y al entrar no pudo sino pedirle a su amiga que se fuera, esta lo hizo pero de muy mala gana. Al quedarse solo abrió la carta con cuidado y no había papel alguno, sólo un colgante. Una estrella invertida o al menos eso era para Allan. En un momento se preguntó porqué le dejaría algo así. Una cadena de plata y el símbolo era blanco, era llamativo, no parecía algo que Amuria usara. Se lo colocó y  sintió un calor en el centro de su pecho que hacía meses había olvidado.

— Amuria.

Fue ese día, el primero de una búsqueda, porque aún si le dijeran loco o obsesivo, ese día el supo...que ella aún estaba con vida.

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Lucía estaba en la terraza de su cuarto, pensaba en muchas cosas, ya iba por su quinto cigarrillo y aún no ordenaba sus ideas. Entonces sintió una presencia a su espalda y se volteó rápido pero no logró responder al sentir su esencia. Alguien la abrazaba con cariño, ella respondió de la misma forma.

— Te extrañé mucho. —dice una voz muy dulce.

— Y yo a ti, hermana. —sintió una molestia en su pecho— Me duele mucho.

— Lo siento, siempre me olvido. — se separa del pecho de ella y la deja de tocar— ¿Cómo vas con la pequeña?

— Bien, es muy buena niña, igual creo que debo pedirte otro favor. Tengo el presentimiento que hay un demonio influyendo en su mente, por alguna razón hay algo que me dice que está en peligro. ¿Tienes alguna idea en cuanto a eso?

— Sólo se me ocurre que su hermano la haya seguido pero es imposible, aquí no pueden entrar demonios no invitados. Veré que hacer, tu cuídate mucho, ya faltan poco años...¿si?

— Lo sé, tranquila estaré bien. —contestó cabizbaja y con tono triste.

Se miran como queriendo volver a abrazarse pero no lo hacen. Al desaparecer Juliett, su hermana menor se siente sola y llora un poco para descargar esa bronca por la maldición que las acogía hacía tanto tiempo ya.
Fue al cuarto de Amuria y se acostó a su lado, la abrazó con ilusión de calmarse un poco. La joven despertó y al verla sólo le preguntó:

— ¿Estás bien onne-chan? -se acurrucó en su pecho-

— Sólo quiero quedarme un minuto, ¿te molesta?

— No, ven, tengo frío.

Lucía la abraza con fuerza y la siente suspirar encima de ella, ojalá algún día pueda volver a hacer eso con su hermana sin salir lastimada.

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Varios años pasaron, muchas cosas cambiaron. Peleas, amistades, búsqueda y olvido. 
Un hombre buscaba a una mujer, una mujer quería recordar al hombre, ninguno de los dos tenía pista alguna pero aún así seguían intentando. En sus caminos cruzaron con viejos amores, con caídas y rencores...todo ello al final ¿mereció la pena?. Eso sólo ellos podrán responderlo.




Capítulo Treinta y dos: Saludos

Desperté y tuve la necesidad de levantarme, extrañamente mi cuerpo se sentía como aturdido y tardaba mucho en responder. Noté que mis piernas apenas podían moverse, pero peor aun mis brazos parecían no tener en cuenta mi voluntad. Al rato intentando moverme siento la puerta abrirse y veo a Lucía entrar. Esta me miró con paciencia y mientras ataba su alborotado cabello en una coleta me dice mientras se sienta a mi lado.

— Pequeña, tu cuerpo tardará en responderte, cálmate. A mi me pasó lo mismo y ves, pasa. —entonces la levanta y la apoya en unas almohadas— ¿Recuerdas algo?

Intento hablar pero no lo consigo, entonces muevo la cabeza en negación. Mi cuidadora suspira y entonces me toma una mano y la sostiene con fuerza.

— Niña, tu estuviste en un juicio por tu vida, ser un demonio o un humano. Al parecer, el amor fue más grande que tu ambición, y tu eres una humana ahora. Tu cuerpo y esencia se transformó por completo, pero tu alma sigue igual. No podrás recordar todo a la perfección, y quien sabe si en algún punto podrás recordar...lo importante ahora es que puedas empezar de nuevo y yo te voy a ayudar.

Yo sólo quedé confundida, por alguna razón le creía y por otro, al oír la palabra "juicio" me estremecí y las ganas de llorar regresaron. Intenté soportarlas pero no pude y la desconcertada mujer no hizo sino abrazarme maternalmente.

Al pasar los días, comencé a moverme más por mi cuenta y de a poco conseguí poder hablar o al menos expresar pequeñas palabras. Lucía me decía que debía volver a entrenar mi reacción a mi pensamiento, no debía ser tan difícil en alguien joven como lo era. Y tenía razón, en un mes, ya hablaba con fluidez y me movía casi con la misma agilidad de antes.
En el transcurso de esos días, la mujer se fue volviendo más compañera y trato de abrirse más.  Esta me veía como una hermana, cómo me había cuidado aún sin conocerme, era extraño pero a la vez se me hacía familiar su rostro. Finalmente un día, la mujer me hizo saber de su identidad.
Estábamos en la cocina tomando el té de la tarde cuando me contó mientras miraba hacía la ventana.

— Supongo que te preguntarás ¿por qué estás aquí?¿por qué soy tan amable contigo? Verás...—dio un sorbo a su taza y prosiguió— soy la hermana de Juliett, un demonio que conociste y que al parecer le caíste bien. Ella me dijo que si te convertirías en humana y que debía ayudarte y henos aquí.

— ¿Juliett? Te me haces conocida, pero la verdad no estoy segura. —dice mientras la miraba detenidamente.

— Mmm...a ver. Imagíname rubia, con los mismos ojos. —se desabrochó un poco la blusa haciendo un escote exagerado— y vestida de una forma sensual, así es mi hermana.

Al verla por un tiempo prolongada y al acercarme un poco a su rostro tan serio, mi mente me jugó una broma haciendo aparecer la figura de ese demonio frente de mí. Recordando las veces que la había tenido cerca y más que cerca de mi. Los colores se me subieron a las mejillas, no podías pensar en que había hecho tales cosas y con una persona como ella. Aún así, al sentir la cálida carcajada de mi compañera volví al mundo real y escuché su veredicto.

— No me sorprende, eres muy linda niña, pero mi hermana siempre se pasa de "linda" con muchas. —sonrió mientras en su mirada sólo se veía soledad.

— No puedo creer que haya hecho eso, no creí que fuera así como mestiza.

— Y en cuanto recuerdes más, más te darás cuenta de lo que viviste, tal vez te guste, tal vez no. Todo es cuestión de verte, si eres humana, te han amado mucho mi pequeña.

— ¿Amado?

— Si, la única forma de que te convirtieras en humana es que muchos así lo desearan y te quisieran d este lado. Por lo que me han contado, tenía un hermano ¿no es así? Probemos tu memoria, dime su nombre, te daré una pista: empieza con "A"

— Mi hermano se llamaba...—su rostro, su sonrisa se hicieron presente al decir hermano— Daisuke. —sonrío sin darme cuenta.

—¿Mmm? —apenas murmura con cara de desorientada1— No, era Aiperus, pero tal vez ese era su nombre al convertirse. Debes estar algo cerrada aún, yo recordé toda mi vida en días, aunque tuve ayuda de quien más me conocía.

— Aiperus, él no era mi hermano. —dije triste, no pensé que ese demonio era Daisuke, no lo era.— Después de convertirse, dejó de ser Daisuke, yo lo llevó en mi corazón.

Lucía me sonrío, por pena o por entendimiento aún no estoy segura. Luego de tomar el té me pasó a explicar muchas cosas. El cómo comportarme, cosas que no tenía idea que sabía hasta que logré recordarlas. Entonces me preguntó en qué era buena, yo le dije que no estaba muy decidida en algo.

— Te veo cara de pintora ¿has pintado alguna vez?

— La verdad, no lo creo, ¿pintora? suena muy difícil.

— No lo es tanto, claro si tienes ideas. Probaremos eso.

Me quedé sorprendida de lo decidida que era, aunque con el tiempo me daría cuenta que Lucía siempre mostraba mucho y ocultaba más. Al parecer le caí bien, y por alguna eso me hizo pensar que era un problema. Más aún con los rumores que transitaban sobre ella.
Verán mi tutora, como la empecé a tratar ya que era una mujer en mi comparación, era una persona muy respetada a simple vista como así también muy polémica. En muchos de los lugares dónde me mandaba a comprar era más de uno el que hablaba de ella, a veces mentían, otras parecían que la examinaban como si fuera una especie rara.  En una oportunidad hablé con el sacerdote, el mismo que me encontró, según él Lucía era un alma muy difícil de complacer pese a estar siempre dispuesta a ayudarlo con sucesos "más allá de este mundo" me confesó que nunca la conoció a más.
Los niños me decían que tenga cuidado, que ella era una bruja que se alimentaba de las personas y las cocinaba como verdura. Me pareció ridículo.
Después las mujeres mayores me contaban que era tanto una maldición como bendición, más de una vez ayudó en casos de demonios que poseían a sus pequeños, pero también era una hereje por nunca haberse bautizado ni ir a misa. Eran muy tradicionales, yo no les creía, aunque si me asustaba en algún punto; ¿por qué siendo humana seguía en contacto con los seres de la oscuridad? Finalmente llegué a hablar con la última parte del pueblo, los hombres. Estos me dijeron que nunca hablaba con ellos, a veces si se la veía salir con los más jóvenes pero en realidad no sabían de que hubiera estado casada ni nada. Todo un misterio, esa fue mi conclusión.

— Lo único que oculto es mi odio hacia este pueblo. —me dijo una vez y no más.

Creí que podría llegar a conocerla, en un punto pensé que era bipolar, un día contenta y llena de alegría y al siguiente todo le caía mal y fumaba sin parar hasta que le agarre un ataque de tos. Inclusive hubo veces en que me trataba tan mal que tuve que irme de la casa hasta que se pasara el humor. Una mujer rara, una noche me dijo que nadie duraba más de cinco años a su lado, pero nunca estaba sola.
Eso me llamó la atención, será que había tenido más chicas como yo o solo se hacía la misteriosa y enigmática para que no husmeara en su vida. Mi curiosidad era grande así que poco le sirvió y solo alimentó mis ansias por conocerla. No se parecía a su hermana, a quien recordé demasiado bien en poco tiempo, ella era inestable e impredecible. Aunque toda mi curiosidad y ansiedad por conocerla se fueron un día en que me reveló sus verdaderas intensiones conmigo.

Una noche estábamos tomando mientras en un intento por relajarme para unas pruebas de un curso que estaba tomando. Entonces se me fue la lengua ante el efecto de aquel dulce licor y comencé a contarle los miles de rumores, de ella.
En un momento, se estar sobria, me hubiera callado porque su rostro ya no se reía sino más bien estaba enojada y mucho. Recuerdo que se levantó de su silla y me miró tan fijo que creí que moriría con solo esa mirada.

— A mi no me importa que te digan, sólo ten cuidado con lo que tu dices, llegas a decir algo sobre que era un demonio y créeme que conocerás lo que es un verdadero demonio. —me alzó el rostro y me besó, sintiendo como sus labios me quemaban por dentro, tuve el reflejo de quitármela de encima pero de no ser que fue ella quien me soltó no se si podría haber quedado tan bien— El que no sirva a Satán no quiere decir que sea una buena persona Amuria, sólo me ocupo a favor de mi hermana pero yo, y que te quede claro, NO soy una buena persona y nunca lo seré...aunque me gustaría serlo...—esto último fue más como un susurro.

Desde esa noche yo no le pregunté nada que no quisiera decirme, tampoco hablé con nadie de más chismes y me concentré en recordar lo que tanto había olvidado.
Esto me llevó tiempo pero quizás tuvo un motivo, quizás había alguien que aún no debía recordar...

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En medio de un campo abandonado mucho separaban sus caídos y los llevaban a sepulcro sin el más mínimo ruido o queja alguna. Los demonios buscaban a los suyos y los devolvían al fuego del cual nacieron, los dragones envolvían a sus compañeros y los enterraban.
En medio de las caras tristes y una que otra lágrima silenciosa, estaban dos hermanos tirando tierra con una pala, terminaron. El menor solo dedicó una plegaria simple, el mayor solo miró al cielo esperando algún día volver a verlo. Se quedaron viendo la tierra recién removida hasta que oscureció y entonces juntos se dirigieron a su campamento.

— Tranquilo, yo le diré a papá y mamá.

Ve como su hermano le sonríe apenas, era extraño, en parte le dio miedo esa sonrisa y claro su instinto no le fallaba. El más joven calló de bruces al suelo mientras se sostenía el abdomen con fuerza. Una mancha de sangre se distinguía en su ropa.

— ¡Allan! —gritó mientras lo tenía contra su pecho y comenzó a pedir por ayuda, lo miró bien y quitó el pelo se su rostro, apenas tenía abiertos esos ojos celestes únicos en el mundo— Allan por favor no me dejes solo, no me dejes solo...por favor...

Esa la primera y única vez que el mestizo vio llorar a su hermano, mientras lo abraza con fuerza sentía sus lágrimas caer sobre él. Había soportado el dolor todo el tiempo con tal de acompañar a su hermano caído, y ahora parecía caer él también...en un momento cerró los ojos y el llanto de su hermano se hizo inaudible.


CONTINUARÁ

sábado, 6 de agosto de 2011

Capítulo Treinta y uno:

En una tierra muy lejana, en medio de la nieve y el desconcierto de la mayoría de las personas existía un pequeño pueblo perdido. En él, había una iglesia, magnífica por su sencillez. Apenas en la entrada de la misma, cubierta solo con una sábana blanca se hallaba una joven con el cuerpo frío e inconsciente. El monje, a punto de dar la misa, recorre su hogar cuando al ver a la desconocida acude rápidamente a su ayuda. Nota que estaba desnuda y con el frío de aquel lugar no era nada bueno. Llamó a sus mojas compañeras y estas la abrigaron y cobijaron mientras intentaban salir de su asombro. No era del pueblo.
Entonces mientras la recostaban en una de las camas de la sala de amparados, la puerta de la iglesia se abrió de par en par. Una figura femenina se hizo presente, su cabello enrulado sobre salía de su abrigo, sus brillantes ojos carmesí daban lugar a su imperial presencia. Se dirigió a donde las mojas con la joven y abriendo la puerta sin la más mínima señal de respeto las miró y exclamó:

— Ella viene conmigo, la he estado esperando por mucho. —dice y entonces el monje la mira con preocupación— Tranquilo padre Pedro, ella no es de "ese" tipo.

— Menos mal mi niña, ya hemos tenido bastante problemas con ellos. ¿Quién es?

— Una buena persona y con eso deberá conformarse, porque más no puedo decir. Sólo vístanla y me la llevaré en auto a mi casa para atenderla. Lo que tiene no es nada físico, así que mi ayuda es la única útil ahora.

Todos asintieron a su orden, su voz era tan autoritaria como un sargento y su mirar tan frío como la nevada del exterior.
Las monjas obedientes hicieron lo pedido y ayudaron a llevar a la joven a su vehículo. La mujer les agradeció y apenas sonrió, antes de irse les dijo:

— Estará bien, confíen en mí. —dio un leve saludo con la mano y arranco el auto sin ni siquiera ver hacía adelante-

Esa mujer era rara, todos pensaban eso, pero nadie cuestionaba ni sus órdenes ni sus presentimientos. El respeto que le tenían era muy grande, aún más que las dudas que inspiraba su actitud tan distante.

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Un aroma a rosas, una suave y cálida sensación en su cuerpo. La joven abre los ojos levemente, todo se ve blanco luminoso, ¿qué es eso? ¿una burbuja?¿dónde estaba?
Entonces una voz suave le susurra, mientras ve una mano que se mueve a ella y le toca apenas la nariz.

— Una baño tibio te vendrá bien, tranquila, no te haré daño. —era dulce y entonces se pone enfrente para que la mire— Ahora te cuidaré.

Ella aún así se asusta y se mueve con torpeza, estaba en una bañera, pero sin importar cuánto tratara no podía hablar. Su cuidadora la sostiene con cuidado y entonces con la mano le tira un poco de agua en el rostro y le quita el pelo del rostro para que la viera bien. Esta sonríe y entonces le aclara.

— Soy Lucía, no podrás hablar por unos días hasta que tu ser esté pleno, eso toma tiempo. Ahora solo cálmate y disfruta, debiste pasar mucho frío hasta llegar aquí y no me gustaría que te enfermes.

La termina de bañar y entonces drena el agua para envolverla en una toalla. Sabía que le costaría recuperar el control en su cuerpo, en parte porque era como si hubiera nacido en uno nuevo, pero pronto ese sería el menor de sus problemas. La secó y le colocó un piyama grueso para mantenerla caliente, la llevó a una habitación para recostarla. Al taparla solo le besó la frente con cariño mientras acariciaba su largo cabello.

— Era cierto lo que decían, eres alguien encantadora Amuria. —al decir su nombre vio cierta reacción por parte de la joven— Descansa, mañana hablaremos.

Dicho esto se levantó y apagó la luz para dejarla sola y en silencio así podía dormir como se lo tenía merecido.
El cuerpo inmóvil de la joven contrastaba con sus alborotados pensamientos. ¿Qué hacía en ese lugar?¿Quién era Lucía?¿Por qué la llamaba de esa forma? Sintió un peso en su pecho, algo que la hizo sentir muy triste, no sabía que había ocurrido, con suerte recordaba su nombre, Amuria, pero todo lo demás era como un gran lago lleno de niebla. Algo imposible de ver, de recordar.

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En un lugar, cerca y lejos a la vez, un pelirrojo sin mirada alguna se acerca a su padre y entonces, con una voz seca y sin ánimo alguno le dice:

— Quiero pelear, ir con Frank y Galf a defender nuestro clan y nuestras tierra.

— ¿Por qué hijo mío? Eres muy joven para emprender a tal peligro, si me das una buena razón, pese a mi temor te dejaré ir.

— Porque ya no sé qué hacer, no tengo razón para pelear más que protegerlos a ti, a mamá y mis hermanos menores. Estoy...buscando algo que pueda llenar un vacío y pelear es lo único que puedo hacer para evitar pensar en ...—guarda silencio mientras mira hacía la nada, su rostro estaba tan serio, ya nadie lo reconocía de sus amigos o familiares, como si fuera otro.

— Bien Allan, te dejaré ir, pero debes prometer que volverás en cuanto llenes ese vacío. Sabes que no nos gustaría tener que cavar una segunda tumba.

— Lo sé, gracias papá.

Entonces sin expresión aún en su rostro, el joven se trasformó en dragón y comenzó a volar hacía su destino. Mientras era observado de lejos, con nostalgia, por aquellos que no lograban ver su sonrisa y preocupados estaban.

"¿Qué te pasó Allan?"

Era la pregunta que todos se hacían a su espalda, algo lo cambió y ahora ya no reía, ni miraba, ni parecía pensar como antes. Aquella guerra donde iría, tampoco era la solución o al menos eso creían todos; aún así   en la mente del mestizo solo cabía lugar para un objetivo: olvidar.






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En una pequeña habitación, una niña pequeña revisaba entre las miles de cajas que se encontraban a su alrededor. Entonces alza una roja y pequeña y exclama con entusiasmo:


— ¡Aquí estas! 

La abre con cuidado y de su interior saca un colgante, una cadena de plata con un talismán blanco, ella sonríe, como también el hombre que la espiaba desde la puerta. 


— ¿Qué haces? — pregunta él saliendo de su escondite.


[...]


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Empezamos con la tercera y última parte, ahora se viene las explicaciones en el segundo capítulo :P

viernes, 29 de julio de 2011

Capítulo Treinta: Juicio

— Yo elijo el juicio. —exclamó con todas sus fuerzas y entonces sus partes de juntaron y la luz la envolvió.


— ¡Maldita sea!¡Dios maldigo tu nombre mil veces! —gritó el demonio mayor mientras bajaba sus manos del emblema y la dejaba a su suerte— Supe que lo sabría, yo no tengo porqué quedarme si sobrevive mátala y si es súcubo castígala. Aiperus, no tengas compasión.


El íncubo solo asintió con la cabeza, su padre desapareció, ya solo le cabía esperar
El juicio, la tercera opción, la menos conocida. Claro era lo que todos los han'gôs elegirían de conocerla, porque no es tomar una decisión, sino recibir lo que se merecen sin pena alguna. Era tal cual se oía, un juicio, donde el corazón es puesto a prueba y se decide cuál será la raza dominante sin deseo del híbrido expuesto. 
Mientras el joven se imaginaba cómo debería de ser eso, pudo escuchar unos leves gritos desde otra parte muy alejada del bosque. "Un lobo debe de estar herido", pensó sin preocupación y siguió esperando.


La fuente de esos lamentos se hallaba un dragón furioso aún intentando salir de sus ataduras, no podía conservar su forma por mucho. Cayó de rodillas al suelo y solo golpeaba la tierra con tanto enojo que parecía que se rompería las manos. La impotencia no era algo a lo cual estaba acostumbrado y aún no se rendiría. A pesar de las heridas en sus muñecas y tobillos, él aún lo intentaba.
Ember lo miraba con tristeza, cada unos minutos le pedía que se detuviera, que no tenía caso aunque era inútil ante los sentimientos de Allan. Sabía muy bien que al terminar tendría que buscar otro huésped y huir, seguramente lo mataría por hacerle eso. en un momento pensó en ir él a ver que sucedía, las luces del ritual aún se sentían en el ambiente ¿qué ocurría?
Estaba concentrado intentando descifrar lo que pasaba a su alrededor cuando un voz lo saca por completo de su mente.


— Si tu también la quieres, ¿por qué permites esto Ember?


El joven se le acercó y le levantó el rostro para que lo mirara. Estaba sucio, lastimado y enojado por su culpa, aún así le habló con la misma amabilidad de siempre. 


— Porque yo no soy ella, ni su consciencia, ni su corazón. Y como la quiero, respeté y prometí que sería su amigo, pese al costo de verla transformarse en algo así.


— Pero yo...si soy parte de ella..y no puedo permitir que eso suceda. Suéltame, por favor.


— Lo siento A-chan, no hay más porqué luchar, yo me rindo con ella y tu deberías hacer lo mismo.—cerró los ojos resignado.


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En un plano completamente diferente al físico, a la realidad como muchos lo llaman, se encontraba el alma de la joven luchando por una identidad. Entonces a su lado aparecieron dos representantes de sus razas. De un lado su enemiga, súcubo como ella, Amon; y del otro, su tan misterioso ángel, Azrael. Ella no podía decir nada, el juicio proseguía sin importar su voluntad, aún así con los representantes que le había tocado sabía que el resultado del mismo no podría ser muy bueno.
Una luz brillante la envolvió, Amon y Azrael se separaron y de ellos salieron hilos grises, cada hilo simbolizaba una acción buena o mala que haya hecho. Estos hilos se unieron a las muñecas de la joven, eran más las de Amon. Algo esperable.
Entonces pasaron a la segunda parte, los hilos rojos, éstos simbolizaban a las personas que la conocían y los deseos de ellos por su elección. El de su padre y su hermano de un lado, eran gruesas y firmen, casi parecía que le cortaran la circulación sanguínea; y luego comenzaron a aparecer muchas más pero de Azrael...el ángel como buen orador nombró a cada una de las personas que aparecían:


_ Ryoko,Onix, Nana, Ember, Juliett...—se sorprendió mucho al oír ese nombre, ¿por qué ella?—...Mao, Daisuke y Allan. 


Al decir este último se hizo presente un hilo rojo intenso y aún más poderoso que los demás. Ambas partes de ella tiraban como si fuera un juguete hasta que finalmente se decidió. Y entonces, la cara de ella mostró miedo, mucho, no era como había esperado.
La luz se desvaneció y una parte de ella murió.


— Tu nombre será Amuria y te acompañará por el resto de tus días. —exclamó una voz en su interior.


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Se sintió un temblor, no uno real, uno que sólo la energía puede producir. Allan y Ember miraban hacía la misma dirección, ambos ansiosos por saber el resultado. Entonces a la nariz de Allan llegó un fuerte aroma a azufre, tuvo miedo y no lo pudo evitar, bajó la cabeza y solo rezó.


En el punto del ritual, Aiperus esperaba impaciente por que terminara y al sentir toda esa energía liberarse supo que era hora. Al sentir el olor creyó que había conseguido su objetivo, pero al ver el reflejo del cuerpo oculto tras la luz se quedó espantado, era muy poderoso.
Se siente un grito en seco, un grito masculino, por lo que dragón y han'gô se asustan. Ember lo desata por fin y comienzan a correr hacía el lugar. Pero cuando llegan sólo ven a Aiperus tirado contra un árbol y se sentía como no le quedaba energía para moverse. El íncubo se acercó con cuidado e intentó preguntarle que había ocurrido.


— Es una maldita siempre lo fue...—fue lo único que logró articular antes de desmayarse por completo.


— Juro que de no ser porque sería aprovecharme, lo golpearía. —dijo Allan serio y solo miró hacía un sector de tierra quemada— ¿Lo hizo verdad? Se negó y entonces se dio por vencida.


— No pudo, no creo que sea capaz de algo así, ella nunca...—nota que ya no la sentía, su presencia, su ser, ya no estaba en el mundo de ellos, los ojos se Ember se colmaron de lágrimas que no tardaron en salir de forma abrupta.


El dragón apenas pudo reaccionar, solo se tumbó en aquella prueba de la transformación de su compañera, su amiga, su...amor. Apoyó sus manos, en esperanza de poder sentir su calor de nuevo, pero no había nada, sólo cenizas que el viento comenzó a llevar consigo.
Se abrazó con fuerza y entonces lloró, pero no desesperado como su amigo, no, él parecía llorar en silencio, mientras su pecho se contraía y su corazón latía con demasiada rapidez como si fuese a salirse de su interior. Estaba devastado, todo era silencio, todo era nada, todo...ella...se había ido.


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A la mañana siguiente, Ember se refugió en Mao, de quien no salió por varios años que duró su tristeza. Y en cuanto a Allan, él se quedó en el mismo lugar por unos días, hasta que alguien lo fue a buscar.


— Hermano, ya no vale la pena. —esa voz fría sonaba distinta a otras veces, casi compasiva.


— Ella te lo dijo, lo sabías y no me advertiste nada. —levantó su rostro con los ojos rojos y el cuerpo débil.


— Si, me lo dijo. 


— ¿Por qué?


— Porque los quería, creyó que fue lo mejor. —entonces al ver en los ojos de su hermano, ese celeste resaltado ante el rojo del llanto no pudo sino abrazarlo con fuerza— Perdónala Allan.


— Yo... —le correspondió el abrazo y se dejó llevar una vez más por su desolación— Yo...la amaba.


Después de un buen rato así, el mayor convenció a su hermano y logró sacarlo de ese lugar. Ya no tenía sentido seguir allí solo por un recuerdo de alguien que ya no existía.
El viento soplaba gentilmente sobre ellos, el joven solo se sostenía el pecho como si algo se le fuera a caer del mismo, parecía vacío más bien. Frank al verlo de esa forma, lo sostuvo de los hombros y solo lo acompañó en silencio, sabía que no había palabras para algo así.


Amuria..Etsuko...quien fuera ¿había muerto?














































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El ángel saludó a su protegida, la deposito en su destino y entonces, besándola a modo de simple cariño le susurró:


— Yo lo sabía, mi pequeña, que tu valías mucho más. —sonrió como siempre y entonces le ofreció un último consejo— Ahora deberás crear tu camino sola, Amuria. Has que el amor que te han dado no sea en vano y vive.


La envolvió en sus alas y desapareció de a poco, al compás de la respiración de ella.
Al despertar, se encontraba en una iglesia...


CONTINUARÁ






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¡¡¡Nya!!! Final de la segunda parte, espero les haya gustado, lamento si el final es un tanto brusco, pero todo se aclara a su tiempo, gracias por leer hasta este punto. Significa mucho para mi y ahora a esperar ^-^ Arigato.

sábado, 23 de julio de 2011

Capítulo Veintinueve: Lo siento

Se advierte a la gente menor o impresionable, que este capítulo tiene escenas lemon, suaves no tan explícitas. Fueron advertidos, pervertidos bienvenidos sean! xD Nah, está light en serio.^^

El deslumbrante ocaso se hacía presente y transitorio, sus bellos tonos anaranjados y amarillentos daban un buen augurio para el día siguiente. Los enamorados estaban contemplando el bello paisaje con tranquilidad. Ella descansaba entre las piernas de él, disfrutando con una suaves caricias en sus brazos. Él le besa su larga cabellera y la abraza apenas tomando sus manos. 


— Hoy fue un lindo día.


— Un hermoso día, gracias por estar conmigo, jamás lo olvidaré.


— Ni yo. —más bajo y un tanto triste— No quiero que termine.


— Ven aquí. —se volteó a él y lo abrazó fuerte lo miró a los ojos toda sonrojada y entonces apenas rozó sus labios, tentándolo a besarla.


Allan no pudo resistirse por mucho y la besó despacio mientras la abrazaba por la cintura. De repente siente como la chica lo toma por el cuello y lo tira lentamente al suelo. El coloca sus brazos sobre ella y apoya sus rodillas para no aplastarla, no le gustaba esa posición este...nuevamente estaba pensando con otra cabeza.
Ella no dice nada y solo le toma los brazos, los lleva lentamente a su cintura para luego atraparlo entre sus manos y besarlo con una pasión desconocida por el dragón. Este intenta responderle, algo desconcertado la tomó firme, acarició sus labios para luego atreverse a saborear su boca poco a poco.
Etsuko aprovechó en un instante y le mordió el labio con lujuria. Lo sostuvo y entonces al soltarlo él hizo lo mismo, le besó la pera para dirigirse a su cuello. Ella sintió un escalofrío, nervios pero se contuvo y solo se dejó llevar mientras al sentir los labios de él sobre su piel descubierta y sensible solo emitió algunos quejidos leves, estaba impaciente y se sentía muy bien ese tipo de contacto. 


— ahh...Allan..espera...—se levanta apenas y le levanta el rostro con cuidado— Tengo mucho calor ahora.


— Yo también. —responde mientras al verla, sonrojada y acalorada por él, no pudo resistir y entonces se saca la remera con apuro, apenas pone sus manos sobre el borde de la blusa de ella, conserva su voz lo más seria posible y le pregunta— ¿Puedo?


— Ya, hazlo. —le contesta y entonces se levanta para que se la quita con cuidado.


El dragón la observa con atención, como estaba tan entregada a él, ni había intentado cubrirse. Su sostén ya era muy tentador, para quitarlo claro. Pero entonces notó que la noche recién comenzaba, el color violáceo del cielo se lo indicaba. Besó cada centímetro de su piel, rozó con delicadeza su abdomen y cintura. Etsuko sentía cosquillas, era tan suave con ella, en ella. Con leves mordidas fue probando su piel, aquella esencia de su ser lo estaba poniendo nervioso y tenso pero debía esperar a que ella también comenzara a sentir así.
Al sentir la mordidas y leves lamidas sobre su piel comenzó a despertar cierta inquietud en su interior. En cuanto sintió las manos de él acariciar su bajo abdomen no pudo evitar..


— Ahh...ahh..no..mírame —pidió y se abrazó al cuello de él para detenerlo— Empiezo a sentir miedo. —le confesó mientras sentía la manos de él deslizarse por su espalda.


— Tranquila, yo no te haré daño. —soltó su brasier— Déjame verte bien Etsuko, iré despacio.


Ella aún encima de él se quitó lo que quedaba de prenda y la tiró a un costado. Allan la besó para distraerla, sabía que no le era fácil y debía relajarse. Pasa la punta de sus dedos muy lentamente sobre la espalda de ella, se podía sentir las cicatrices pero no le importó. Ella se separó de él, el cielo se ponía oscuro, pronto la noche sería su único amparo. Tomó una mano de él y la posó sobre uno de sus pechos. Su corazón estaba acelerado, él lo sintió y entonces le escuchó decir.


— Sólo late por ti, soy tuya Allan. — Se tiró hacía atrás acostándose y le sonrió— 


Los ojos celestes de Allan brillaron, jamás se había sentido tan ansioso por algo así. Se fue hacía ella, entrelazó sus dedos con los de ella y unión sus labios, apoyo un poco su cuerpo sobre ella sintiendo su calor y el suyo mezclarse. Al separarse, la mirada de Etsuko le miraba con deseo y entrega, él lo entendió.
Sin disimulo alguno la miró bien, estaba oscuro ya, pero sus figuras podían distinguirse perfectamente. Su manos acariciaron sus hombros bajando por su pecho y cintura. Ella se estremeció, se mordió el labio al sentir como degustaba su piel con su lengua, de una forma tímida y cuidadosa. Allan estaba muy agitado al oírla ahogar sus suspiros, sintió que lo había conseguido, ahora iría por más.
Dio un beso a su abdomen para luego volver a verla mientras sus manos descendían a sus piernas. 


— Te amo Etsuko y quiero demostrártelo. — sintió las manos de ella sobre sus hombros— Tan solo quiero hacer que te sientas bien.


Ella se pone cerca y le susurra:


—Kitaru... chikai.


Aún sin saber que decía, el dragón se dejó llevar por el tono de su voz e inconscientemente hizo lo que su amada le pedía. Se acercó, para entonces comenzar a sentir las caricias de ella.
Deslizando sus suaves manos por su espalda, sintiendo como suspiraba sobre su pecho. De pronto mantuvo sus manos en el pecho de él, como queriendo separarlo, aunque era todo lo contrario. Etsuko le besó suavemente la oreja, siempre hacía eso, porque sabía que lo volvía loco. La reacción de Allan se sintió al estremecerse y entonces separó un poco su cintura de ella...pues algunas cosas comenzaban a ponerse impacientes.
Ella río con un tono profundo e invadiendo la boca de él con su lengua indomable fue deslizando sus manos hacía abajo, hizo unos pequeños círculos con su dedo índice sobre el abdomen de él logrando sacar algunos gemidos ahogados entre sus labios. 


— Allan no me tengas miedo. —besó el centro de su pecho, su corazón— Enséñame lo que es sentir lo que estás sintiendo en este instante, quiero sentir el mismo sentimiento.


— Y lo sientes, aunque no lo sepas, el miedo es parte del amor. —deslizó sus manos hacía la falta de ella y pasó sus manos por los muslos de ella con delicadeza— El miedo a exponerse, a no ser suficiente, a ser lastimado por la otra persona...todo eso es amor, porque quieres protegerla tanto que a veces temes por estar dando mucho y devolviendo demasiado...


— Entiendo, entonces, quiero que me ames. Aún más allá del dolor.


Allan dejó de dar vueltas y le deslizó la falta hasta sacársela por completo, estaba semidesnuda y sin embargo no parecía importarle. Sintió las manos de ella atentar contra su pantalón, lo desabrochó y bajó el cierra, al rozarlo sintió que a pesar de su tranquilidad estaba escondiendo una gran "ansiedad". Él mismo se levantó y se los sacó, pero no sólo los pantalones, sino un poco más...se animó a confiar en ella.
Etsuko lo veía, ya no tenía protección alguna, era su misma esencia frente ella. Nada podría compararse con la mirada que le daba, una de miedo y exposición, una de confianza absoluta. Entonces, se dio cuenta, que la siempre estaba un paso atrás era ella. Con sus manos un tanto frías por la noche, fue deslizando su única prenda hasta dejarla lejos de una pequeña maniobra con su pie. 
Ambos estaban completamente desnudos, sin barreras ni escondites, eran sólo ellos en medio de la naturaleza, iluminados por la gentil Luna.


— Eres hermosa Etsuko. —le confiesa sonrojado apenas se acerca muy dudoso hacía su rostro, siente las rodillas de ella a poco centímetros de sus piernas.


— Ahh...tu también Allan.


De pronto la joven se quedó muda, admirando a su compañero, su amante. Lo siente besarla con delicadeza, las manos cálida de él bajan a su intimidad y empiezan a incitarla a gemir cada vez más alto. Cómo lograba hacerla disfrutar al punto en que creyó que podía entenderla, cómo, cuándo y dónde hasta que finalmente ella dejó de luchar y sintió solo placer en su cuerpo. Entonces abrió sus piernas y lo abrazó llevándolo hacía ella, mientras el corazón de ambos se aceleraba.


— ¿Estás segura?


— Nunca estoy segura de nada...pero si sé que lo quiero..¿es suficiente?


— Si lo quieres, yo también.


Se miran fijamente, él se desliza con cuidado al interior de ella, Etsuko apenas emite un pequeño quejido y se sujeta de sus hombros. Sentir de esa forma, jamás creyó, sentirse así...completa. Era la primera vez que se sentía unida a alguien, que no era por necesidad sino que por deseo mutuo. Fue tan suave, tan considerado, que no le importaba el placer en esos movimientos tan conocidos y a la vez nuevos. Sintió como él se ponía cada vez más agitado, lo abrazó con sus piernas y lo sintió terminar en su interior. Etsuko solo lo abrazó, tan agitada como él.


— Lo siento. —exclamó en su hombro mientras intentaba recuperar el aliento.


— ¿Por qué dices eso?


— No, no te sentiste como esperaba. —sabía que él había llegado pero ella no.


— ¿Lo dices por el placer? Yo no quiero placer, me gustó, me gustó mucho...gracias Allan. —lo abrazó fuerte— Me has hecho tan feliz, me gustaría estar así contigo para siempre.


El dragón no comprendía nada, años más tarde podría entenderlo, pero en ese momento lo único que hizo fue corresponder su abrazo y quedarse encima del pecho de ella hasta que ambos se quedamos dormidos uno al lado del otro. 


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"Aún después de todo lo que diste, de las cosas que me has hecho sentir, del amor que creció en mi por ti...a pesar de todo, debo dejarte. Perdóname"


La joven tomó sus ropas, más bien ya no importaba, igual se vistió. Con cuidado de no despertarlo, le colocó los pantalones y lo cubrió con su camiseta y una campera que dejó cerca del árbol donde habían almorzado. Eran más de media noche, ella se arrodilló a su lado y le comenzó a recitar.


"Dios, si es que puedes oír, cuídalo. Allan, yo te amo más que a nada, yo quiero hacerte muy feliz, yo quiero mantenerte a salvo. Eso lo haré, a costa tuya. 
Porque se lo que te mereces, algo mejor que yo, alguien que no te lastime. Tan sólo desearía, poder agradecerte por todo lo que haz hecho por mi, cuidarme, protegerme, AMARME. 
Y está será la única forma de hacer, se que dolerá al principio pero eres fuerte y me olvidarás sin llorar ¿si?
Te ves tan lindo dormido, tan inocente, tan parecido a la niña que murió en mi alma. Solo, olvídame Allan."


Le besó los labios, este apenas abrió los ojos y quiso despertar pero al sentir el calor en sus labios no pudo sino quedarse de nuevo dormido. El sueño ardiente funciona aún en los han'gôs.
Se levantó, su mirada era decidida, en alguna parte de su mente el dolor estaba guardado. Comenzó a alejarse de él con paso firme, no dudo, pero por dentro su corazón se quebraba con cada paso que daba.


"Perdón"


Era todo lo que pensaba.


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Allan despertaba, se sentía mareado por alguna razón, tenía una mala sensación en el pecho. Entonces volteó y no vio nada, estaba solo, ¡solo!
¿Dónde estaba Etsuko?¿A dónde iría tan tarde?
Comenzó a buscar a su alrededor, se colocó la ropa que le faltaba y a punto de levantarse sintió una voz fría a su espalda.


— Lo siento Allan-kun, pero no puedo permitir que interfieras. 


De pronto siente una cadensa sobre sus muñecas y tobillos, estas lo tira hacía abajo y confundido levanta la vista para encontrarse con el causante. Era Ember, quien había dicho que lo ayudaría ahora lo tenía aprisionado contra la tierra y lo miraba sin sentimiento alguno. 


— ¿¡Qué estás haciendo!?¿Dónde está?


— Etsuko-chan ya eligió, y juré por mi nombre que te detendría, lo siento. No te puedo dejar ir. —tenía un tono triste en su voz— Mao quiso advertirte pero no hiciste caso, ahora debo traicionarte por el bien de ella.


— ¿Cual bien? ¿No ves que ella no debe ser un demonio?¡No quiero perderla! —comenzó a gritar y a forcejear las cadenas pero eran muy gruesas y ni siquiera una pequeña fisura les hacía.


— Es inútil, te saque energía suficiente para dejarte como humano, no tiene opción más que aceptarlo.—miró a lo lejos— Yo no te quiero perder, pero es tu elección.


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— ¿Lista? —la voz fría la atravesó como una espada.


— Si, den inicio al ritual. —se paró en medio de su hermano y su padre, una para no escapar y dos para que vean que cumpliría con su promesa.


El demonio mayor dibujó un símbolo de pentáculo con distintos escritos a su alrededor y Etsuko entró en él, una luz roja comenzó a envolverla y entonces su cuerpo de dividió, se podía observar sus dos formas. Etsuko y Amuria se miraban entre sí.


— Mezcla de sangres que por años has vivido impura, dile ahora al mundo cuál será tu forma...—exclamó su padre mientras la miraba con atención.


— Yo invoco a...


~Continuará~













domingo, 17 de julio de 2011

Capítulo Veintiocho: El Mayor

Frank era muy similar a Allan, claro eran hermanos.
Era más alto aún que su hermanito, lo que daba a pensar que Allan seguiría creciendo. Su cabello era rojizo oscuro y tenía un flequillo recto y todo bien prolijo, mientras que el otro lo tenía dividido por la mitad y todo desparejo por el reciente corte. Su cuerpo estaba bien formado, alias, tenía músculos y era bastante atractivo. Sus rasgos faciales más alargados y finos, más parecido a un dragón.
Ambos hermanos estaban hablando sentados sobre la cama de uno de ellos, mientras una joven apenas despierta los escucha un rato con los ojos cerrados.

— Mueve tu te toca. —dijo con voz un tanto ruda e impaciente Frank— Dime, ¿Esa chica no es humana verdad? Al menos no por completo, huele extraño.

— Este es mitad humana como yo, no te preocupes no es peligrosa. —mueve su caballo y le come un alfil.

— ¿Mitad humana y mitad...—indagaba levantando una ceja un tanto desconfiado.

— Súcubo, demonio. —intentó no sonar nervioso, pero ya sabía lo que su hermano le diría— Tranquilo, ella no es mala como seguro estás pensando, es más la razón por la que te llames es para que me ayudes a...

— Si es un demonio, no tiene alma alguna, ¿cómo puedes ser tan tonto de confiar en algo así? —sonaba frío y la miró con desprecio— Es nuestro deber eliminar seres como ella, no te confundas, siempre se comportan inocentes y luego te traicionan por la espalda.

— ¡No hables así de ella! — grita y tira la fichas mientras se enfrenta cara a cara con su hermano— Ella es más humana que yo inclusive, así que cállate y confía en mí. Debes ayudarme a...

La mestiza se levanta se pronto para evitar que siguieran peleando por su culpa. Se refriega los ojos y ve que tenía un trapo en la frente. Se lo saca, mira a los chicos y les pregunta:

— No peleen, no te culpo que me digas esas cosas, en parte han sido ciertas. —cierra los ojos y se apoya sobre sus rodillas— Aunque ahora no soy así, aún la tengo dentro, mi demonio.

Se toma el pecho y suspira. El hombre se queda asombrado con su sinceridad, al oír su voz, era tan distinta a su aura. Allan miraba hacia las sábanas debajo de él y con una mano sobre su rostro, no le gustó nada que Etsuko escuchará eso, seguro al gritar se dio cuenta. Ella solo lo mira y le sonríe para calmarlo, se levanta y camina hacía él. Le sacude el pelo para que la mirara.

— Está bien, en serio. —su voz era suave y algo afónica por la frecuente tos— Iré al baño así hablan tranquilos, ya vuelvo.

— ¿Te siente bien para ir sola? —le pregunta mientras la retiene de su remera-piyama.

— No te preocupes, le diré a Mao que me acompañe, está cerca no me pasará nada.

Los alemanes se quedan solos y entonces el mayor se anima a decir. Sus ojos reflejaban dudas.

— Ella no suena como una...

— Lo sé, ella, se llama Etsuko y peca por honesta. Como yo.

Al verle la mirada, la sonrisa oculta, supo la razón de que la defendiera con tanta pasión. Su hermano no era así ni siquiera con Johana lo fue, ¿podría ser que estuviera enamorado? No, no creía que fuera así, pero siendo humano era más propenso a las emociones. Él no entendía claro, su instinto le dictaba buscar su especie, en campo Allan, Allan siempre fue un misterio en gustos por parte de su familia.

— Ya veo, igual no me confiaré, ¿qué te ayude en que?

— En volverme más fuerte, verás, debo salvarla. Su hermano la obligará a optar por una raza y ella aún no está lista.

— ¿En qué se convertirá?

— Me dijo que en demonio porque sino, su hermano Aiperus la matará para conseguir su alma.

— Pero debió perderla si era como ella y se transformó. — dice prestando atención, sabía mucho de mestizos.

— Es que son gemelos, por lo que me explicó, el alma de Etsuko está completa porque el alama de él ahora vive en ella. —lo mira con decisión— ¿Me ayudarás? No te pido que pelees por ella, yo lo quiero hacer, pero necesito que me entrenes.

— Allan, yo no estoy seguro de si tu eres capaz de algo así, además no la veo muy preocupada al respecto. —le dice ignorando la mirada de compasión que le hacía, lo miró con sus ojos verdes y acota— Sabes, que ahora que me haz dicho eso no permitiré que lo hagas. Los demonios son difíciles, más aún para alguien como ustedes dos.

— Aún así debo intentarlo, Frank, ella no debe ser un demonio.

— ¿O eres tu él que no quiere eso? —se levanta y entonces resignado dice— Déjame hablar con ella y decidiré qué hacer, no cometas una locura hermano, sabes que todos te necesitamos y queremos.

— Lo sé, pero yo, yo la quiero a ella hermano.

El dragón mayor sintió en la voz del pequeño una madurez asombrosa a su tono infantil y molesto siempre presente. En el tiempo que lo mantuvieron lejos de ellos esperaron que creciera un poco, al parecer eso resultó pero su cuerpo resplandecía como el de su madre cuando veía a su padre irse a pelear. Lo supo entonces, que Allan, cometería una locura de ser necesario, porque estaba ciego, ciego de amor.
El mayor sacó de su bolsillo trasero una caja de cigarrillos y salió por la ventana para fumar un rato. El joven lo miró y solo agachó la cabeza, quizás aceptar la visita de Frank no había sido buena idea después de todo. En medio de sus pensamientos, la mestiza entra de nuevo en el cuarto esta vez con la nipona, ella no sonreía como siempre ¿qué pasaba?

— Mao. —musita apenas.

— Los siento me trabé un momento.—ríe y entonces acota— Me tengo que ver con Dante, nos vemos A-chan.

Cuando esta se va, la nipona restante entra y cierra la puerta. Se sienta en su cama y le sonríe a su compañero cuando sin previo aviso le susurra.

— Te amo Allan. —lo miró un instante y luego se tumbó sobre las sábanas.— No sabes lo feo que es pasar lo últimos días en cama, yo que quería salir y contemplar la poca humanidad que me queda.

— No digas eso.

— Es la verdad, ya no quiero fingir más, en un par de días...te perderé. Pero no estoy triste, soy feliz con solo saber que alguien me amó. No debes preocuparte.

El dragón vigila que su hermano no lo estuviera vigilando y entonces se abalanza sobre Etsuko y la besa con fervor. La siente tirarlo hacía atrás pero él no hace caso y continúa besándola en negación a las palabras que no quería oír. Finalmente se separa un poco y la nota muy sonrojada de nuevo.

— Te vas a enfermar. —dice recobrando el aire y tratando de calmarse, la cabeza le daba vueltas.

— Aún tienes fiebre y dices tonterías. Ven te voy a tapar, es por el frío de la otra noche. — le sonríe.

— Valió la pena. —se acuesta y deja que la tape— Me rindo Allan.

— No digas eso, ya verás que todo estará bien. — se da cuenta que su hermano los miraba— Aún cuando nadie confíe en ti yo siempre lo haré y no puedo aceptar que te rindas, yo seguiré luchando.

Ella lo entendió, las miradas entre ellos, Frank tenía la misma mirada que ella cuando Aiperus le confesó que se harái demonio. Sabía que lo que Allan hiciera estaría mal y encima solo terminaría lastimándose a sí mismo.    La joven solo lo abrazó y con voz suave le pidió.

— Dile a Frank que entre, tengo que decirle algo ¿si?

— Claro, Etsu.

Va por su hermano y le pide que no haga nada raro; el joven sale del cuarto para darles privacidad y se va a caminar un rato. Estaba algo tenso.

El hombre la mira y solo espera a escucharla. Ella se sienta apenas y se sostiene un paño mojado sobre la frente. Le habla con claridad.

— Se lo que dirás y tienes toda la razón, debes hacerlo entrar en razón, esto no tiene sentido y no quiere entender.

— Está ciego y lo entiendo, no eres como imaginé, admito que juzgo mucho a las personas pero tu no saliste como pensé. Allan de verdad te quiere, él no está acostumbrado a las pérdidas y te creo admirable si piensas así, porque tu tampoco serás feliz sin él ¿o me equivoco?

— No, no te equivocas. Pero no puedo evitarlo, debo dejarlo si quiero que esté bien y él....se merece algo mejor que yo.

— Mírame.

Ella levanta la mirada, los ojos verdes claros de él, parecían reflejan una sabiduría mayor que la ella. Sabía que la leía, que se fijaba en su interior.

— Has sufrido mucho, te comprendo, quise decírselo a Allan pero no escucha. Es muy testarudo, como tu. —se sienta cerca y le quita el flequillo de la frente— Siempre hay opciones, claro algunas cuestan más que otras, te creo capaz de elegir la correcta. Aunque a veces, es preferible ser un poco egoísta y pensar en el bien personal; por lo que vi tu siempre te has preocupado por los otros y no acostumbras que alguien como mi hermano te diga cosas como protegerte o cuidarte. Etsuko, niña del cielo, espero que hagas las cosas por tu corazón.

— Quizás, es raro, pero no te pareces a tu hermano más que en lo físico. Si Allan lo viera así, me sería más fácil, porque dudo a cada instante de qué haré, pero no te preocupes yo no lastimaré nunca a tu hermano. Es más evitaré que lo haga él mismo.

— Mestiza, solo escucha tu interior y en el momento lo sabrás, en cuanto a mi, solo esperaré lo mejor pero este no es mi lugar. Es en vano porque Allan no me escuchará, pero igual te dejaré algo para que ya no estés tan mal al menos.

Ella se queda mirándolo cuando este saca una botella de su gabardina, y le ordena que la bebiera. Al instante sintió como la fiebre había bajado por completo, su cuerpo le respondía normal y ya no se sentía débil. Se preguntó qué era lo que había bebido y él sonriendo por primera y única vez le responde.

— Si te digo lo vomitarás, mejor quédate con la intriga pequeña. —le acaricia la cabeza y deja de sonreír— Como humana eres muy bella, y no solo por fuera.

Ella se sonrojó al escucharlo, él solo se levantó y abrió la puerta.

— Dile a mi hermanito que me llame, pero que no puedo ayudar, igual dejo en tus manos lo que hagas. Yo vendré a verlo si decides por irte.

— Gracias Frank, te agradezco mucho.

— Gracias a ti, Allan dejó de ser un niño y tu lo debes saber mejor que yo.

Le saluda con la mano y sale, a pesar no estar muy convencido decide por dejar las cosas a la suerte. No podría estar cuidando a su hermano por siempre y una caída nunca mató a nadie, quizás era tiempo que el pequeño dragón aprendiera lo que era el adiós. Deseo suerte y se retiró, él no pertenecía a esa historia.
Al verla a los ojos había recordado, ese mismo sentimiento dentro de una persona que lo había traicionado. Un relato muy viejo, el origen de su desconfianza, recordó...que nadie lo ayudó y a pesar de todo salió vivo de ello. "Allan será mejor que seas más listo que yo." pensó o más bien rezó mientras salía por la puerta.

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— Amo resta un día para la conversión de mi hermana. —anuncia exitoso.

— Perfecto, me preguntó como será su entidad de súcubo completa, siempre fue talentosa tu hermana en ello. Me complacerá tenerla de aliada. —responde cuando de pronto huele una trampa en la oración antes mencionada— ¿La hiciste jurar transformarse en demonio verdad?

— No lo especificó pero no importa, sabe perfectamente que está muerta si no lo...

El demonio supremo lo toma por el cuello y furioso exclama con ira.

— Si serás inútil maldita escoria, ahora no tenemos nada seguro, aún si la matas su alma no será para nuestro reino. Definitivamente ya no se debe delegar a los aprendices, ¿acaso no sabías que existe una tercera opción?

— ¿Tercera opción?

Su padre lo suelta y se desvanece, dejándole la duda.

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Etsuko se despierta, era de día, su último día. Sonrió con alegría y entonces se fue encima de Allan haciendo que este se levantara asustado y al verla encima suyo no pudo evitar atraer a sus brazos y jugar con sus manos como si fueran niños pequeños.

— ¿Hoy estarás conmigo? —pregunta mientras se levanta y va por ropa para cambiarse.

— Claro que sí.

Mientras la mestiza se vestía con un tanto de apuro para aprovechar al máximo esas horas, el dragón la miraba sonriendo porque tenía algo pensado. Aún sin su hermano, había conseguido la ayuda de alguien más, Ember se presentó a él con la intensión de ayudarlo a detener a Etsuko. Pese a la seguridad que tenía de su plan, ese día pensaba disfrutarlo...no sabía la razón de que se hubiera despertado con tantas ganas de vivir con ella.

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Yo diría, que la conciencia de Allan lo ayudó a relajarse y darme el mejor día de mi vida. Fue único e irrepetible, nunca lo pude olvidar ni lo haré. 
Fue mi día, sin hablar de nada, sin preocupaciones, solo viendo y gozando de la sencillez del mundo y sus obsequios de momentos confusos, graciosos y risueños.


Fui tan feliz ese día, quizás porque fue el último como han'gô y debía ser especial por eso...