sábado, 17 de septiembre de 2011

Capítulo Treinta y siete: La Pasión Prohibida

~Ojos verdes a lo lejos~

Mientras aquel bello romance se desenvolvía en las sombras, las personas comenzaron a soltar rumores, miles de ellos sobre la sospechosa sonrisa del rey de piedra, Francisco Nadolph.
Su padre comenzó a sospechar, inclusive una noche hubiera jurado haber detectado el olor de esa demonio en su casa pero nunca la llegaba a encontrar. Para no asustar a su esposa y sus dos hijos más pequeños, no dijo nada sin tener prueba alguna. Los ruidos en el cuarto de su primogénito le eran de desconfiar, jamás lograría hacerlo entrar en razón, al igual que cuando él conocía a Stell, Frank estaba cegado por ese bello hechizo que es el cariño.
Lucía prefería estar con Frank en los callejones, el parque pero últimamente para no caer en la rutina iba a visitarlo una que otra vez a su cuarto. Aún con el riesgo del gran dragón de su padre ella no medía los peligros y siempre se ocultaba bajo su piel humana. Una noche, mientras se besaba apasionadamente encima de la cama del ojiverde un niño pequeño y asustado entra y al verlo en una posición comprometedora se queda mudo y deja caer su osito de felpa al suelo.

— ¿Allan? —dice a la par que se levanta y le cierra la blusa a su compañera mientras la mira y susurra— Es mi hermano menor.

— *Flancisco ¿qué están haciendo? —dice confundido mientras su carita denotaba curiosidad— ¿Quién es ella?

— Este, Allan verás yo...nosotros..sólo estábamos. —titubea mientras intenta inventar algo que no traumara al pequeño.

— Estábamos besándonos. —dice tranquila Lucía mientras le ofrece los brazos y el chiquito tan dulce y confiado va con ella. Lo sienta en la cama en medio de ambos y sonriendo le contesta— Me llamo Lucía.

La joven tiró su rizado cabello hacía atrás y admiró la inocencia del pequeño. Se preguntó si Frank había sido igual de lindo de niño. Sus ojitos celestes le daban a entender que sería alguien muy especial. Le revolvió el cabello a lo que este mira a su hermano y vuelve a poner la cara de susto con la cual había entrado.

— Tuve una pesadilla helmano y no puedo dolmil. —dijo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

— Aww pobrecito, ven quédate con nosotros un rato hasta que te de sueño. —exclamó conmovida la han'gô mientras lo abrazaba contra ella y se tiraba en la cama. Le tiró de la camisa a Frank para que los acompañara.

Después de un tiempo hablando y contando historias con el pequeño, este finalmente logró dormirse entre ambos mientras abrazaba a su oso son una sonrisa en su rostro. Lucía se levantó y fue hasta la terraza para irse, siente a su novio retenerla y tomarla por la cintura, apoyó su mentón en el hombro de ella y le dijo:

— No creí que fueras así con los niños, Allan suele ser desconfiado pero le has caído bien. —le besó la mejilla, sintió como ella sonreía.

— Es muy dulce como su hermano mayor, sólo por eso fui amable con él. —le responde el beso de la misma manera y luego se esfuma como niebla.

Frank la ve a lo lejos saludarle, siempre debían ocultarse de esa forma, aunque Allan les había cortado el momento les dio una noche bastante calma y relajada a diferencia de las demás llenas de temor y nerviosismo por ser encontrados. Fue al lado de su hermano apenas lo abrazó con un brazo y se quedó dormido a su lado. 

A la mañana siguiente, el dragón se despertó y entonces al mirar a su lado vio que Allan había desaparecido. Se levantó algo asustado y lo buscó por el cuarto, no estaba. Salió por la puerta y entonces escuchó la voz de su madre:

_ Francisco, hijo, el desayuno está listo. Si estás buscando a Allan, ya lo fui a despertar yo.

El dulce aroma del desayuno logró relajarlo,  por un momento se había asustado. Vio a Galf entrar al baño y amenazarlo con su cepillo de dientes.

— Si te levantas tarde, no te quejes si llegas tarde. No molestes. —aún estaba dormido.

Frank hizo una sonrisa torcida, si, llegaría tarde a la escuela, ese chico siempre se tardaba media hora. Su cabello ondulado era indomable y sin contar su perfeccionismo con el mismo para quedar decente.  Se golpeó la frente con la mano, esperó hasta que su hermano por fin liberó el baño y se metió. 
Una vez alistado y listo bajó para encontrarse con la mesa lista y su madre ya sirviendo. Esta sonreía, siempre sonreía mientras le servía a sus tres "hombrecitos". Se sostuvo su vientre ya bastante crecido y se sentó.

— Mamá me hubieras pedido ayuda, como estás no debería hacer tanto tu sola. 

— Tranquilo, ya he pasado tres veces por esto, además este es más tranquilo de lo que fue Allan jajaj —río un poco, tomó su taza y luego de un sorbo le dijo— Galf se levantó hace rato y puso la mesa así que no hice mucho tampoco.

— Claro, yo no duermo hasta las once como otros. —mira a su hermano mayor sonriendo irónico.

— Maldito enano...—murmura por lo bajo cuando a su lado aparece su padre, Frank se pone serio como siempre y sólo toma una tostada para disimular su cansancio.

— Lo siento Flancisco, fue por hacelme companía que se quedó hasta talde. Tuve una pesadilla. —cuenta apenado Allan mientras movía la cuchara de su taza.

— Hubieras venido con mamá, sabes que él debe dormir mucho o si no se pone de mal humor. —apenas le acaricia el hombro a su hijo serio y le sonríe— Me alegra que lo hayas cuidado, ahora sólo me falta ver que pasen un día sin pelear con Galf. 

— Lo siento, al menos no te despelté.

— ¿Cómo aún estaba despierto? —dice el padre mientras mira de reojo a Frank, él siempre revisaba cada uno de los cuartos y estaba dormido cuando pasó por el suyo.

— Sip, él estaba besándose con Lucía pelo no hubo ploblema y me quedé con ellos un lato hasta que me dolmi.

Los padres se quedaron mudos mientras miraba a su hijo tan fijamente que pudieron haberlo atravesado, Galf sólo lo miró un momento mientras pensaba "este se metió en problemas" y entonces se terminó su tostada de una mordida. Allan miraba a todos, quizás había dicho algo malo o pronunciado mal por su problema con las "eres". No se entendía nada. 
En ese momento Frank sintió como el poco té que había tomado le calló como una bomba mientras su corazón casi se sale de su pecho por el nerviosismo. Se levantó lo más rápido que pudo, salió de la cocina e intentó irse por la puerta. Siente la fuerte mano de su padre contiendo su brazo y entonces lo tira hacía él. Su mirada demostraba enojo, decepción, era tal cual se lo esperaba.

— ¿Qué estabas pensando al traer esa cosa a nuestra casa?¿Estás tratando de provocarme verdad? No tienes idea de cuánto lo dude, de cómo intenté contenerme por tu madre como está ahora no debe pasar por un momento como el de recién. ¿Crees que le gusta saber que una chica extraña entró a casa, estuvo a tu cuarto, y no pensar nada malo en cuanto a eso? ¡Francisco contéstame! —lo sacudió y contra la pared esperó por que su esposa no se arrimara por el pasillo y las cosas se pondrían peor.

El joven apenas podía pensar, sabía que no le creería, que pensaría que Lucía lo había hipnotizado o engañado. Sólo lo miró tan frío como siempre y le dijo con la voz más firme que encontró.

— Ella me ayudó con Allan, no pasó nada serio, un beso no es nada malo. Y aunque te lo he tratado de decir no me crees, ¿qué caso tiene hablar contigo cuando ni siquiera me escuchas?

— ¿Y tu me escuchas? ¿Qué hay de tu madre?¿Te parece bien lo que has hecho? 

— Yo siempre te escucho, inclusive dudo mucho por lo que repites mil veces, porque compruebo todo lo contrario en ella. Yo no quise nunca ocultarle nada a mamá pero simplemente no confío en ti y por eso lo escondí, nos escondimos para estar juntos. Yo la amo. —en ese instante lo ojos verdes de él se quebraron un momento.

— Deja de decir tonterías hijo, el daño que le estás haciendo a tu familia y tu diciendo tales cosas. No lo ves aún pero ella es un demonio, en cuanto vea la oportunidad se aprovechará de ti como todos y entonces volverás pidiendo por mi ayuda. Y yo...no te la daré por terco si sigues así. Ahora  inventa algo rápido porque lo único que no voy a aceptar de ningún modo es que pongas mal a tu madre.

— Claro, pero igual...—se libró de su agarre— Nunca te pediré tu ayuda, no te tengo confianza.

Esas palabras fueron como una daña en el alma del viejo, él sólo intentaba proteger a quienes quería, pero nunca tuvo esa sutileza o tacto para el trato. Por eso se casó con Stell, una mujer tan dulce y delicada que logró ver esa carencia de él y confortarlo. Se pasó la mano por la nuca y se quedó pensativo un tiempo. 
En la cocina  Frank volvió y convenció a todos que fue un mal entendido, que estaba viendo una película y que Allan sólo no supo expresarse. Como que hablaba de la película, no de él, algo dudoso se quedó Galf pero su madre ingenua le creyó. Después habló con Allan a solas y le pidió que no volviera a mencionar a esa amiga suya, él como era muy obediente de su hermano mayor lo hizo. En cuanto a su padre se dio cuenta que no podía seguir estando tan cerca de su amada, debían volver a verse en la calle y esta vez tener más cuidado. Ahora lo tendría más vigilado que nunca. 

Dos semanas después, una noche que con suerte de todos los Dioses convenció a su familia de que iría de campamento con unos amigos, logró estar con Lucía tranquilos. Ella tenía una pequeña vivienda en un pueblo cercano. Su hermana no estaría, así que sería todo perfecto, sólo los teletransportó a ambos hacía allí y ya caída la noche comenzaron a desatar su parte más pasional.
Él acariciaba sus piernas con lentitud, ella apenas rozaba su espalda con sus dedos, sus besos ya no eran sólo buenos, si no también llenos de deseo. Entonces él notó un calor en su entrepierna y un tanto asustado se alejó de ella y se sentó un momento. Estaba nervioso ante eso, hacía mucho tiempo que la conocía, que quería estar con ella, pero siempre estaba tan cerca y eran interrumpidos. En ese momento su propio miedo lo detuvo.

— ¿Qué pasa Frank? —dice ella mientras se acerca a él y nota aquella reacción en sus pantalones— ¿No quieres que..

— Si quiero, sólo estoy algo nervioso es todo. —intenta sonar frío como su costumbre pero le era imposible ante ella, se sonroja fuertemente.

— ¿Tu nunca has hecho esto? —se le acerca y le besa un costado del cuello mientras sentía su corazón latir con intensidad.

— Eres la única chica que he besado, creo que basta con decir eso. —él apenas la mira y entonces siente como le desata el pelo y apoya su mano en su nuca haciendo que le diera un escalofrío.

— Yo tampoco he estado con nadie, tengo miedo igual aunque...quiero. —lo mira con sus ojos llorosos, nunca había pensado que pasaría así.

— ¿Tu? —la mira y supo que no mentía, lo había elegido, a él. No lo podía creer, que confiara así. Tomó su rostro con sus dos manos y la besó de forma tierna mientras la volvía a recostar en la cama y al separarse le dijo— Te amo.

Ella le devolvió las palabras con la mirada y apenas sonrió cuando al notar las caricias de Frank sobre su piel empezó a sonrojarse a pedirle dulcemente que siguiera. Él estaba decido a demostrarle su amor, aún cuando él no pudiera disfrutarlo, o estuviera confundido en cuanto lo que sentía, sabía que Lucía lo entendería y aunque sólo disfrutara ella, él sería feliz.
Se amaron toda la noche.

A la mañana siguiente Frank se despertó y miró a su amada dormida sobre su brazo, había sido un noche especial. Le besó la frente y se quedó a su lado mientras la abrazaba. Entonces la siente quejarse apenas, pensó si aún estaba dolida, siente como le tira de un mechón de pelo y abre sus ojos carmesí con sorpresa. Lo ve un segundo y luego sin decir nada se levanta apenas y sube encima de él mientras se acuesta sobre su pecho. Él se queda estático, al sentirla tan cerca como antes, tan cálida y su cuerpo desnudo sobre el suyo. La joven lo abraza con sus brazos y abre sus piernas debajo de él. Siente como se rozaban, le sonríe pícara y entonces ya con una voz confiada y segura le dice:

— Lo peor ya pasó, ahora quiero que te guste también.

— Yo estoy bien, no es que no me haya gustado solo que...—siente como ella se levanta dejando al descubierto todo su cuerpo, él la mira sin recelo y entonces le acaricia la cintura a lo que ella hace un gemido que logra ponerlo nervioso— Lucía no es necesario que...yo no sé si es placer o no por mi condición pero me gus..

Es interrumpido por los labios de ella y entonces al verle los ojos se da cuenta que ya no había temor. Siente sus suaves manos tocarlo, por alguna razón también empezó a sentir que quería más y más de ello. Al notar su impaciencia la joven lo mira y pegando sus frentes le dice:

— Esto es placer Frank, quiero escucharte...dime ¿qué quieres? —su voz lasciva desapareció cuando sintió los labios de él, su lengua invadirla de forma abrupta, luego las manos de él tomaron las suyas y poniéndose sobre ella logró responderle.

— Yo te quiero a ti. 

Ella sonrió al oírlo, porque sabía que siempre estaba pendiente de sus sentimientos, pero ella nunca tuvo oportunidad de retribuirle y quería por lo menos una vez, que pudiera sentir como un persona normal. Que viviera, que deseara estar así tanto como ella la noche anterior. Porque bien sabía que esa noche fue suya, entonces esa mañana sería para él. 

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 Luego se ese día que compartieron juntos, le era una tortura estar separados, así que se veían más seguido que nunca. Se necesitaba, se querían tanto y confiaban tan ciegamente que ni siquiera Frank se molestó en discutir más con su padre y simplemente se escapaba de noche él a costa de la opinión ajena. Sus hermanos comenzaron a notar su ausencia, su madre comenzó a preocuparse, pero pensando que era normal en él decidió no preguntar. Una noche Allan asustado de nuevo fue al cuarto de Frank y se encontró con que estaba vacío, entonces desanimado se fue con Galf. Este lo recibió en su cama sin problema, apenas tenía seis años y a pesar de no entender mucho aún se notaba que el niño de ojos celestes sabía algo. Su hermano mayor solo lo acobijó bien y le tarareó una canción, entonces mientras este se quedaba dormido le sintió decir:

— Flancisco se fue con Lucía ¿verdad?

— Lucía es de una película, no existe Alli. —le contestó su hermano mientras intentaba no quedarse dormido él.

— No le digas a nadie. —le advierte y al ver como le asentía le confiesa— Lucía existe, es una chica de veldad y estaba con Flancisco. Ella lo llamaba Flank y fue muy amable conmigo, pelo él no quiele que diga nada polque si no papá se enojalá con él.

— Allan no te preocupes por eso, no es nada malo, pero no debes meterte en sus problemas. Algún día entenderás que papá sólo nos quiere proteger, aunque Francisco está muy enganchado al parecer. Tú sólo duerme que yo arreglaré todo de alguna forma. —le dice para consolarlo y al sentirlo dormirse encima de él dice por lo bajo— Esto no va a terminar bien.

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Una tarde, al regresar a casa, ya muy tarde el joven con sus ojos aún emocionados se encuentra a una sorpresa esperándolo en el sofá media dormida. Al parecer su madre estaba allí, en medio del invierno,  con un libro sobre su gran panza de embarazada y una seña en su rostro que detonaba preocupación. Claro, su esposo se había ido a sus "peleas" y ella debía asegurarse de cuidar a sus hijos, al ver la ausencia de Frank sólo le sobró quedarse a esperar que regresara para retarlo y ver que estuviera bien. El pelirrojo se le acercó y entonces abrazándola como nunca intenta levantarla. Apenas le susurra al oído.

— Mamá, te hará mal si tomas frío, ven te llevaré a dormir.

Siente entonces los brazos de la mujer abrazarlo con fuerza. La sintió sollozar encima de él. Asustado se separó apenas y viéndola al rostro le pregunta angustiado:

— ¿Pasa algo?¿Te sientes mal?

— Es la primera vez que me abrazas así...

Dice ella emocionada y lo vuelve a abrazar mientras intentaba no apoyarlo sobre su pecho. Frank se sorprende ante esto, ¿sería cierto?¿él nunca la había abrazado? Se sintió algo triste ante esa reacción, de verdad había sido tan cerrado tanto tiempo que nunca pudo decirle cuánto la apreciaba, cuánto...

— Te quiero mamá.

— Ohh mi hijo, lo sé, lo sé pero...hace bien que lo digas de vez en cuando. —se lo saca con delicadeza e intenta secarse las lágrimas, lo miró bien a su niño y besándole la frente le dijo— Veo que estar enamorado te ha hecho más dulce de lo que eres, no sabes cómo me alegra que me hayas abrazado. Te amo.

Lo besó un par de veces más y luego se levantó sosteniendo su cuerpo ya bastante pesado y ayudada por su hijo fue al cuarto para acostarse. Se recostó y Frank la cubrió con las sábanas, se quedó un rato a su lado tomándole la mano para que no se sintiera sola. Siempre lo hacía cuando su padre se iba porque sabía bien lo que ella se preocupaba. Pensó entonces en la molestia que le había ocasionado, al irse así sin avisar, se debió haber asustado. Se recostó apenas a su lado y mientras la miraba pensó que ella, sus hermanos y Lucía eran las únicas personas a las cuales nunca querría lastimar. Sólo le hubiera gustado pensar también en su padre, pero nunca lo sintió así.
Sin darse cuenta, el calor de su madre y la tranquilidad del ambiente fue su mejor aliado para poder conciliar el sueño.

A la mañana siguiente despertado por un fuerte tirón en su coleta. Miró a su derecha cayéndose de la cama, al ver al enano frente de él le reclamo enojado:

— ¿¡Hay mejores formas para hacer que te quiera sabes!?

— Lo sé, pero la cuestión es que últimamente te odio Frank. —dijo serio y con gran énfasis en el apodo.

— ¿Por qué me llamas así? —se sobó la espalda.

— ¿Si esa mujer puede porque yo no?

Abrió sus ojos verdes pálidos y tomándolo del brazo salieron del cuarto. Se arrodilló a su altura y lo miró entre enojado y sorprendido. Vio los ojitos de Allan asomarse por el sofá y entonces bajó la mirada como entregado a saber quién fue su delator.

— Si sabes lo que te conviene, y eres muy inteligente, no dirás ni una palabra.

— Oh claro, escápate con tu noviecita, mientras aquí quien cuida de mamá somos Alli y yo. Además ¿tienes idea de cómo estuvo anoche? No debe estar mal, al menos no por tu culpa, eres un tonto.

— Hablas igual que papá. —respondió casi en queja— Anoche me descuidé pero la convencí que no se preocupara, no entiendes enano, y no asunto tuyo.

Allan estaba a punto de llorar, odiaba verlos discutir, claro entre un adolescente y un niño de trece años siempre había rivalidades por lugar;aunque esa vez se sentía más tenso que de costumbre.

— ¿No es asunto mio? ¿Qué hubiera pasado si le pasaba algo a mamá o a Allan? ¡Yo aún no sé que hacer! y me da miedo pensar en eso...—agregó al último serio mientras lo desafiaba con sus ojos más oscuros.

— No va a pasar nada, sólo no te metas en mis problemas, además yo siempre estaré para cuidarlos. No debes...—intenta tomarle el hombro pero Galf lo evita y sólo se encierra en su cuarto— Galf...

Frank bajó la mirada al suelo, sentía que lo había decepcionado, se sentó en una de las sillas de la sala y entonces se sostuvo la cabeza con la mano. Pensó por un tiempo, cuando sintió un sollozo débil provenir del fondo del cuarto. Se acercó a uno de los muebles y vio a su hermano menor llorando e intentado ocultarlo. Lo toma por la espalda y entonces este se queda callado. Frank se sienta y lo pone encima de su pecho para consolarlo.

— No volveremos a pelear Allan, no frente de ti, todo estará bien. —le repetía una y otra vez mientras sonreía para que no lo viera tan mal,entonces el pequeño se acurrucó en él y por fin dejó de llorar— Te prometo, jamás volverás a escucharme gritar o ponerme mal, sólo cálmate.

— ¿En selio?

— Si.

— ¿Incluso con papá?

— Incluso con papá, sólo deja de llorar.

— Esta bien, ¿Flank?

— ¿Si?

— ¿Me prepalas algo? Tengo hamble.

— Claro, ve a cambiarte. —lo baja al suelo y él se levanta para ir a la cocina, hoy cocinaría él, dejaría a su madre descansar.

Frank a veces olvidaba, lo responsable que debía ser a veces, con Allan le era fácil porque este siempre lo buscaba y le pedía las cosas. Galf era tan distinto, siempre queriendo hacer solo las cosas y casi nunca podían hablar sin pelear. Debería solucionar ese problema con él, tenía razón de no tener que causar más momento de angustia para su madre. Entonces decidió ser honesto con ella, no en todo, pero para que no se asuste.
Le contó que tenía novia, ella al principio pensó que le estaba jugando una broma, claro que sabía que andaba enamorado, se notaba pero una chica debía ser muy especial para alguien como su hijo. Luego de hablarle un poco de ella, quedó en que quería conocerla aunque al joven no le pareció buena idea y sólo intentó evitar esa parte.

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Hubo un alejamiento, ya no lo buscaba, ni siquiera la había visto por el parque. No sabía porque, quizás tenía cosas que hacer o necesitaba arreglar algún asunto pero luego de unos días Frank comenzó a preocuparse por la ausencia de Lucía.

Una tarde de lluvia mientras el joven de ojos verdes hacía un mandado vio entre las sombras de la calle una figura de una chica que entraba en un callejón al instante en que pareció verlo a él. Olfateó el aire y con toda seguridad fue detrás de ella.

— ¡Lucía! ¡Lucía! ¡Soy Frank! —le gritó como mil veces pero esta parecía ignorarlo.

La vio detenerse y apoyarse en una pared, antes de decir nada ella ya estaba arrodillada en el suelo. Frank se apresuró a buscarla y entonces la abrazó contra él para evitar que se cayera. La nota muy delgada a antes, sin dudarlo un segundo la toma y la carga encima de él. Mientras caminaba pensó por un instante, su padre no estaba en casa, podría aprovechar y llevarla allí. Debería ser muy cuidadoso, aunque sin Galf por su reunión en el club de "Star War" sería casi posible que su madre lo dejara ayudarlo sin necesidad de ocultarla. Animado por esa idea se apresuró junto con las compras y su novia en brazos para llegar.

Una vez en casa, al abrirle la puerta la dulce Stell no pudo resistir ayudar a esa pobre niña, sabiendo claro que era la novia de su hijo. No era bueno mintiendo Frank, casi nunca lo era.
La recostaron en el sillón y entonces su madre le tocó la frente con cuidado.

— No tiene fiebre, debe ser que anduvo sin comer o algo así, en cuanto despierte le prepararé algo. — se levanta y entonces sólo mira a su hijo—  Cuídala, estaré en la cocina, mientras llama a Allan, ese niño es una marmota durmiente.

— Claro mamá.

Se quedó al lado de ella y entonces la sintió quejarse y apenas abrir los ojos. Le sonrió al verla bien pero su respuesta no fue la que esperaba. Ella se levantó de golpe y sintió de nuevo esos mareos, se sostuvo de él y notando que estaba en su casa le dijo:

— Debo irme no debería estar aquí...— sintió cierta presión en el estómago.

— Tranquila mi padre no está y mi madre no tiene idea sólo cálmate. Lu...

—  Necesito ir al baño.

—  Ya te llevó.

La ayudó por si se caía y la dejó sola, entonces sintió el agua del lavado abrirse y un ruido extraño. Estaba vomitando era obvio, Frank se asustó, estaría enferma, por eso lo evitaba. Al abrir la puerta notó lo pálida que estaba la abrazó. Entonces se siente un suspiro desde el pasillo y al desviar sus ojos de ellos mismo se encontraron con la mama de Allan mirándolos con un taza en mano.

— ¡¡Mamá!! —se quejó él y entonces sin soltar a Lucía le dice— perdónala, es curiosa por demás.

— ¡Lucía! —dijo Allan desde el cuarto y salió a saludarla pero mientras la abrazaba notó que Frank no la soltaba y entonces se quejó— ¡Ahora me toca a mi abrazalla!

— Allan...—dijo a modo de regaño mientras lo miraba de reojo.

Lucía y Stell rieron a la par por sus actos. La llevaron al sillón donde estaba ante y entonces tomó apenas un poco de té caliente. Eso logró ponerla de mejor aspecto.

— Asi que Lucía, te ves mal niña ¿cómo te sientes? —dijo la mujer mientras le tocaba la mejilla y le daba un pequeña caricia.

— Mejor pero sólo es un pequeño desmayo, ya estaré en condiciones para volver a mi casa. Gracias. —sonrió por lo bajo, al sentir la caricia recordó a su propia madre y por un extraña razón los ojos se le llenaron de lágrimas— Lo siento, ando muy sensible últimamente...no es nada en particular sólo...

Comenzó a llorar por lo bajo mientras intentaba cubrirse. La mujer también se puso sensible y Allan casi llora también, ahí él único que no lucía triste sino sorprendido era el ojiverde. Él la rodeó con sus brazos y sólo la contuvo hasta que estuvo mejor. A su madre se le escapó un segundo suspiro pero luego pasó.
La joven se despidió de la mujer y el niño, agradeció la hospitalidad y con su mejor sonrisa los convenció que estaría mejor al llegar a su hogar. Pero el dragón no se quedó del todo seguro, en cuanto su madre se quedó dormida no resistió y siguiendo el olor de ella consiguió por fin encontrar su casa. Estaba cerca de uno de los pueblos limítrofes, entonces entró y encontró a su hermana. La conocía pero nunca le cayó bien. Esta se levantó y caminó hacia él, le pegó una cachetada y sonriendo maliciosa le dijo:

— Has arruinado tu vida idiota. —se desvaneció en el aire.

—¿Pero qué demonios fue eso? —se quejó mientras se tocaba la mejilla algo roja, le dio con ganas.

Siente ruido desde la habitación de su novia y va a ver, la encuentra en el baño haciendo lo imaginado. Al verlo no puede sino intentar alejarse de él.

— ¿Qué haces aquí? Tu..tu..tu debes irte..—intenta empujarlo pero se sentía lo débil que estaba y ni siquiera logra moverlo de su lugar.— ¡Vete!

— ¿Qué te pasa? ¿Por qué no quieres que esté contigo?

— Porque voy a arruinarte la vida...yo soy una idiota.

Entonces supo en seguida quien le había dicho eso.

— No hagas caso a tu hermana, ella no sabe nada. —intenta besarla pero ella lo impide.

— Me vas a odiar, yo no quiero que estés conmigo porque fue mi culpa.

— ¿De qué hablas?

— Frank yo...

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En una celebración al arte, una presentación especial, un cuadro de una novata. Un gótico paisaje donde una mujer desnuda con marcas en la espalda de sus antiguas cadenas, ahora restos en el piso, ella alzaba su mano al cielo dónde otra la estaba esperando para llevarla consigo a la luz de un nuevo despertar. Algo bello y claro, emocionante para su autora quien lo miraba asombrada mientras era abrazada con orgullo por su amiga.

— Es muy hermoso Amuria.

— Gracias Lucía.

Mientras, alguien había quedado paralizado en la otra parte de la sala, un joven de ojos celestes que al ver el cuadro sintió su corazón salirse de su pecho. Entonces su hermano mayor lo toma de los hombros y un tanto sorprendido también le dice al oído:

— ¿Es lo que creo que es?

— Espero.

— ¿Qué hacen ahí en medio como si nada? Vamos, quiero ver que más hay. —se quejó el más chico mientras los tiraba de sus camisetas a ambos.— Ya después vemos los cuadros, tardamos cuatro horas en llegar y no he comido nada. Exijo comida.

— Yo voy contigo Erin, deja de actuar como un niño. —exclamó el mayor mientras empujaba a Allan hacía el lado contrario— Ve a ver si dicen que quién es.

El dragón aún algo shockeado le levantó el pulgar en señal de afirmación y se acercó a esa pintura. Era tan parecida a las misma marcas que portaba Amuria, no podía ser coincidencia. Siente una mano sobre su hombro se voltea esperanzado y sólo encuentra a una mujer de rulos mirándolo con algo de duda. Le parecía conocida.

— No hallarás la firma, es anónimo. —le sonríe y entonces se retira— Diviértete Allan.

— Claro, gracias.

Tan concentrado estaba en lo de la pintura, que no se percató, que la mujer lo había llamado por su nombre.
La música en el ambiente llamaba a la alegría y el conocimiento, miles de personas estaban de un lado al otro viendo las obras o escuchando a las bandas en el exterior del edificio. Nadie nunca se imaginaría que estaban tan cerca, tan cerca...

Se quemarían.




viernes, 9 de septiembre de 2011

Capítulo Treinta y seis: La Pasión Prohibida

Hace mucho tiempo atrás, existieron dos personas, las dos enamoradas la una de la otra. Las dos compartían una pasión casi imperceptible por lo demás a su alrededor y ambas llevaban una sombra de maldad a su lado. Pero estás personas, no fueron ni Allan, ni Amuria.


~Las miradas~

Un joven de cabello largo hasta la cintura y atado con una cola baja estaba mirando unas parejas de baile  en el centro del parque de su ciudad. Lucía serio, la música tenía vida en su mente pero parecía incapaz de demostrarlo. Pero no era por falta de valentía, sino por una condición de su persona, él tenía lo que se conocía como anhedonia y por eso era casi inexpresivo. En medio de su abstracción  mental algo logra despertarlo, como si un sueño aún se tratase percibe un saludo inocente del otro lado del parque. Una chica de rulos pronunciados lo mira fijamente, sin pudor ni vergüenza alguna lo que lo dejó perplejo y sin saber qué hacer. Le responde el saludo con amabilidad y sólo la mira un buen rato, estaba sonrojad pero no despegaba sus ojos de ella. "Es bonita", pensó para sí.
La chica a veces se distraía viendo a las parejas a su alrededor, movía su pie al ritmo de las melancólicas o pasiones canciones, el joven pensó que quizás esperaba a alguien para bailar. ¿Podría invitarla él?, no, él no tenía gracia alguna. Sin embargo nadie apareció y al final de la tarde cuando sólo quedaba la pareja de instructores fue que la chica se levantó para irse. Ante se darle la espalda le hizo un seña y se señaló el reloj de la muñeca. Él entendió, mañana a la misma hora, debía ir.

Así sucedió por unas cuantas semanas más, sólo se miraban y hacía señas, como si no tuvieran voz alguna. Parecía que siempre sería así, de no ser que un día por una broma tuvieron que pasar por un apuro para conocerse. Mientras una pareja de ancianos bailaba, la mujer se resbaló pero sólo se rieron, la chica también se río. Entonces él por presumir le hizo un gesto " Yo lo haría mejor" pero no fue sólo la chica quien lo vio y allí estuvo el problema.
Los profesores los llamaron a ambos y pararon la música para decir algo al grupo mientras los dos jóvenes se miraban sin saber qué hacer.

— Bien, muchachos, si tanto les gusta criticar muéstrenos que tal lo hacen. Ya de tanto verlo deben haber sacado los pasos ¿no? —los desafió la mujer con una digna voz de artista.

La pareja de esta los acomodó en el medio de la pequeña pista y les indicó como poner los brazos, dándose cuenta en el sonrojo de ambos que apenas se conocían.

— Preséntese y en cuanto empiece la música bailen. —su sonrisa era de travieso, hacía semanas lo veía jugar de lejos, ahora verían lo que era jugar de cerca.

Los dos tragaron saliva y algo dudosos y sin poder mantener sus miradas pronunciaron sus nombres.

— Francisco.

— Lucía.

Se sintió los primeros compaces de la música ninguno supo cómo moverse pero ante la presión de los ojos a su alrededor tuvieron que inventar algo. Comenzaron a hacer unos simples pasos a buen ritmo y se dejaron llevar, imitaron una que otra cosa vista en las tantas veces que observaban a los demás, aunque lo impresionante era que estaban en sintonía aún sin hablarse. Los instructores se quedaron satisfechos y cuando pensaron que ya había sido suficiente humillación los hicieron parar y entonces les dijeron:

— No estuvo mal, pero podría mejorar tiene un buen feeling entre ustedes ¿les interesa unirse?. —la mujer al no verlos tan convencidos agrega— Es más divertido hacer que ver, podría conocerse mejor y hablar más.

— A mi no me parece mala idea, ¿tu que dices Frank? —opinó ella mientras volvía a mirarlo tan firme como siempre, aún tenía seguía tomados de las manos.

— Emm yo...debería...este... —al ver la sonrisa de ella se sintió extraño, no puso qué era eso, cómo vergüenza pero se sentía bien en parte. Además la confianza innata de darle un apodo, le gustó ese gesto por su parte y por primera vez en su vida fue espontáneo y no pensó— Si, creo que podríamos intentarlo, si quieres claro.

La joven apenas suelta sus manos y se queda algo apenada, pero lo seguía mirando y se ríe. Él la imita por su propia pena. Los instructores se miran y alzando sus cejas sabían que había ganado una buena pareja.

Las clases les fueron muy útiles, tenían una habilidad desconocida para ambos, más para Frank que para su joven pareja. Sus maestros decidieron darles una especialidad y salió en fortuna un baile que pocos tienen las actitud de dominar, el tango.
Hubo un cambio en los dos, mientras él se volvió más abierto y a la vez se atrevía a seducirla con más intensión; ella se había amoldado a su personalidad siempre paciente a sus respuestas y sus ojos demostraban cierta ternura al verlo. En el baile no hablaban, como antes, sólo sus acciones podían describir lo que el joven nunca podría expresar por su voluntad. Lucía lo entendía, y a la vez, le fascinaba. Los padres de Frank se pusieron muy contentos al recibir la noticia que su hijo, el más callado y casi autista a veces era uno de los mejor aprendices del centro de danza del parque. Tanto así que un día fueron a verlo. La joven no tenía procedencia alguna, nadie la conocía y Frank sólo la conocía por sus conversaciones superficiales y sus incontrolables pasos que lo volvía loco de ansiedad.
Mientras las parejas tomaban su lugar, Lucía apareció con un vestido simple pero algo provocador. Al joven, su maestro le había regalado un sombrero algo grande pero útil para su propósito. Todo estaba listo y pronto sería su turno. Las parejas se esparcieron y al comenzar la música se transformaron en bailarines, sus piernas cruzándose, abrazándose, sus giros estaban hipnotizando a todo espectador que pasara por la plaza para el pequeño festival. Era impresionante, para los personas tan jóvenes tener la concentración y precisión que se veía en ese momento. Sólo ellos, ese era el secreto, en sus miradas sólo eran ellos. Las manos de Frank recorriendo las piernas de Lucías, sus manos uniéndose tan pronto se separaban, la intensa atracción de sus cuerpos. Al terminar los últimos compaces ella quedó rendida en sus brazos y sus rostro tan cerca que ya no había barrera que los detuviera y dieron un corto pero honesto beso mientras la multitud los alababa con emoción.
A la madre se Frank se le llenó el corazón de alegría, su hijo parecía despertar de ese sueño dónde siempre estuvo atrapado; pero distinta era la expresión de su padre quien lucía preocupado y a la vez a ver los ojos de la joven supo que su sospecha era cierta.
Frank no podía creerlo y al sentir como ella alejaba sus labios de él, este sonrió y le besó la mejilla en respuesta. Desde entonces Lucía no pudo evitarlo, se había enamorado de este chico tan callado.

— Ich liebe dich Frank. —susurró mientras se separaba de él.

No pudo responder, pero su corazón sus ojos ya habían respondido. Lo que no lo dejó ver el miedo en el rostro de ella al ver acercarse a su padre, pareció desaparecer, pero Frank no pudo verlo cegado aún por su primer beso. Siente la pesada mano de su padre recaer en su hombro y al verle la cara se le va todo lo dulce del momento. Se lo llevó con apuro entre la multitud que lo aclamaba mientras su maestro lo veía irse sin entender el porqué.
Entonces en un pequeño callejón el hombre lo detuvo y mientras lo sostenía contra la pared le preguntó:

— ¿Eres tonto?

— No. ¿Qué pasa?

— Hijo, ¿no la puedes ver?

— ¿Qué cosa?

— ¡Ella no es humana! —le grita cansado de esa confusión en su hijo— ¿ Que acaso ese demonio te ha vuelto tonto?

— ¿Demonio? Te equivocas, Lucía es sólo mi pareja de baile y ella no es...

— ¡Francisco despierta!

Ante el grito se queda paralizado, jamás le había gritado así. Se lo veía enojado o preocupado, él no lo podía distinguir. Tan solo se achicó y no supo que más decir. Él lo hubiera notado ya, pero en realidad, no estaba muy seguro de nada cuando estaba con ella sólo quería verla no se preocupaba por ninguna otra cosa. El joven se quedó pensativo.

----------------------------------------En un pueblo cercano------------------------------------------

Una chica entra un tanto apurada a su casa en las afueras y con una mochila a cuesta, planea entrar sin despertar a su hermana de su siesta matutina pero se le cae una silla. Una joven de cuerpo bastante desarrollado y de cabello dorado aparece frente a ella y entonces le sorprende con un beso sobre los labios lo que hace que esta última se asuste y caiga de espaldas al suelo.

— Hermanita me arrugaré si sigues despertándome. ¿Dónde estabas? —la ayuda a levantarse y le saca la mochila para hurgar entre las cosas que llevaba— Un vestido, unas medias, unos...¿zapatos de tacón? Tu no sabes usar esto.

— ¡Dame eso! —le dice enojada y guarda todo en la mochila con cuidado— Fui a bailar de nuevo.

— Por favor, tu no tienes gracia alguna, pobre el que le toque tenerte de pareja. —exclama en broma cuando al mencionar "pareja" nota cierto sonrojo en su hermana— Y hablando de eso...¿quién baila contigo?

— Un chico un poco mayor que yo, no es nada. —sonríe y nota que la miraba, intenta ocultar su sonrisa.

— No es nada, ni tu te crees eso, ¿te gusta?

— No. No me preguntes más.

Sale corriendo mientras intenta no pensar en su mentira. Mientras su gemela se toma del cabello despreocupada, por alguna razón le parecía asquerosa esa actitud tan humana de su hermana, seguramente estaba loca por ese chico. Un malicia apareció en su rostro, el olor que ella portaba no era de un humano, seguro era alguien interesante. Debía ganar dos almas más para su ascenso, ella era un demonio ya y no podía perder esa oportunidad. Ya no le importaba que fuera su hermana, un alma era un alma, sería fácil engañar a la aún ingenua han'gô, Juliett lucía unos veinte años que le serían eternos, pero Lucía en cambio apenas tenía la apariencia de una chica de catorce o quince con suerte. Era tan sentimental, además de inocente por demás para ser una han'gô. Debía ser cautelosa y aprovechar cuando tuviera oportunidad.

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El joven caminaba por la calle tranquilo y abstraído como siempre cuando siente que alguien lo tira de la remera y lo lleva a un callejón en el cual cae por estar mal parado. Entonces ve un rostro con una cara de duda y desconfianza total.

— ¿Lucía?

— Perdón...ya te ayudo. —lo levanta apenas y lo abraza fuerte, nota que no le responde, suspira y dice— Abrázame también, se sentirá bien ya verás.

— Bien. —la abraza apenas, siempre tuvo miedo de hacerle mal, era delgada pero entonces siente cierta necesidad de tenerla así por siempre y sentir su olor por siempre— Se siente bien, creo.

Al verlo sonreír no resiste mucho y lo besa apenas, él no se inmutó ella apenas hizo caso a aquello. Era difícil lidiar con esa parte de su persona a veces, tener que decirle lo que era el bienestar o el placer era costoso para alguien tan emotiva como Lucía, pero por él lo podía soportar. Entonces se toman de las manos como siempre y se van a la plaza. La joven le había revelado su secreto, en parte porque era muy honesta y por otra para ver qué diría él. Frank no le molestó, en un principio pensó que si fuera un demonio le molestaría pero en parte era humana, como su madre y eso lo llenaba de esperanza. De que algún día, ella fuera humana y así podría estar siempre a su lado.
Jamás lo había tenido afecto a nada, poco a su madre quien siempre respetó, pero ese cariño que había desarrollado por Lucía era inigualable.
Bailaron tanto que al final se quedaron solos en medio de la noche y aún sin música sus pies se seguían moviendo. De pronto por la oscuridad del ambiente la joven se tropezó con un banco y como su compañero era un palo de flaco no pudo tenerla y esta se dobló el tobillo en consecuencia.

— ¡Ayy! ¡Frank quítate!

— ¡Lo siento!¡Lo siento! —decía constantemente mientras la miraba angustiado e intentando ayudarla de alguna forma.

Ella apenas se sienta y nota que no podía mover la pierna sin que le causara un fuerte dolor, toma a su novio de los hombros y casi sollozando le dice:

— Creo que no puedo levantarme. —la lágrimas estaban a punto de caer cuando él por primera le hace una caricia sin consentimiento, le acaricia las mejillas y entonces se da vuelta esperando— ¿Qué haces?

— Sube, yo te llevaré. Fue mi culpa lo siento. —dice apenado mientras la mira de reojo.

— Frank...

Ella apenas se sube a su espalda y siente la suavidad que tenía al tomar su tobillo lastimado. Comenzó a caminar, pensando en cómo decirle, o qué decirle, hacía meses que se conocía y sin embargo él nunca tuvo valor para decirle lo que sentía. Esa calidez que le hacía sentir cuando le sonreí y trataba de hacerlo más sensible a su alrededor. Cómo disfrutaba de sus quejas y llantos espontáneos tan tiernos como una niña pensó y rió por lo bajo. Sintió como las suaves manos de su amada le sacaba la cola del cabello y dejaba su larga melena libre; se sintió avergonzado por eso.

— ¿De que ríes? —pregunta mientras juega con los cabellos de él mientras la brisa soplaba a su espalda.

— Es que yo pensaba, pensé, en decirte algo aunque no consigo decirlo.

— Frank, tu, me haces querer ser una buena persona. —le besa la cabeza y entonces siente como se detiene, ella se sorprende.

La deja en un banco y se arrodilla para verla a los ojos, esos ojos que siempre lo hacía sacar una parte de él que nunca mostraba al mundo. La miró sus propios ojos de verde pálido brillaron a las tenues luces de la noche y entonces le tomó las dos manos. Tragó saliva y se sonrojó bruscamente.

— Jamás sentí felicidad o ansiedad, o nada, antes de conocerte. —acercó su rostro a ella y entonces apenas pareciera cerrar los ojos, se sentía tan feliz de decirlo que algo extraño se plantó en su interior y sin darse cuenta lloró frente de ella.

— Yo...—se quedó muda al verlo y también lloró.

Lo abrazó y lloraron juntos.
Nunca, ninguno de los dos había tenido necesidad de ellos, ni de niños lloraron con tanto sentimiento como esa noche. Como si fuera la última en sus vidas, como si nunca fueran a verse, ese temor de perderse. Ya no sólo era su cariño, era su necesidad estar juntos. Y pensaron al terminar de mostrar su fragilidad que lo lograrían. Fue entonces que Lucía decidió que sería una humana...pero esto, esto sólo fue el comienzo de su historia. Porque ese llanto no se repetiría, pero si tendría razón.
Y esa razón, fue un error, un descuido...una pasión.

-----------------Continuación: "Ojos verdes a lo lejos"---------------------------

viernes, 2 de septiembre de 2011

Capítulo Treinta y cinco: Marcas

— ¡Allan cuidado! — grito su hermano más pequeño mientras se tiraba a un lado evitando un golpe.

— ¡Ya voy Erin! —dijo Frank mientras tiraba atrás unos cuantos demonios e iba a resguardar a su hermano menor, teniendo que ignorar a Allan.

Estaban en una batalla complicada, al parecer los oscuros habían buscado refuerzos, pero esta vez de una clase especial, íncubos. Estos eran los más difíciles de vencer, claro con la ventaja de absorber energía eran todo un desafío. Los tres hermanos estaban más ocupados que nunca, claro Frank se dividía en dos para cuidar a Allan y Erin. Estos tenía más desventajas que el mayor, Allan era mitad dragón y Erin no tenía mucha experiencia. Se cuidaban las espaldas mutuamente, después de una hora en pelea se sentía agotados por completo pero al parecer estaban avanzando un tanto menos preocupados terminaron y se retiraron hasta un próximo encuentro.
En la tienda de los tres hombres se miraron y sonrieron, todos con la misma sonrisa, era una sensación de paz al verse vivos todos al final del día. Hacía unas semanas Allan se le había incorporado de forma permanente, o eso pensaban sus hermanos, entonces cuando se dispusieron a dormir el hermano del medio les dijo:

— Saben he estado pensado, el otro día me pasó algo extraño per...—se detuvo en seco, sentía algo en su interior.

Frank y Erin tardaron en darse cuenta, que su silencio era más que un sueño repentino. El menor se levantó asustado cuando lo sintió y fue a ver a su hermano. Estaba congelado, era evidente que el poder de ese demonio era grande. Entonces Frank y Erin lo abrazaron, intentando sacarlo de ese hechizo, al volver a sentirlo cálido éste no perdió tiempo alguna y salió rápido de la tienda y entonces sintió como todo a su alrededor estaba congelado, el pasto, los árboles, el cielo oscurecido. Lo reconoció de sólo verle el rostro, estaba cambiado pero su apariencia era la misma, al parecer él tampoco había perdido el tiempo.

— Hola dragoncito, tiempo que no nos vemos. ¿Recuerdas el favor que me debes? —se le apareció justo en frente mientras sonreía— Sabía que te encontraría aquí.

— ¡Maldito ya verás! —entonces se convierte en dragón e intenta golpearlo pero era muy rápido.

El íncubo se le escapa mil y un veces, claro uno estaba renovado y listo, el otro ya estaba cansado y con golpes que lo habían dejado para descanso. Frank intentó ayudarlo pero tampoco pudo alcanzarlo, en cuanto al más chico le ordenaron que se quedara en la tienda y así lo hizo. Los demás estaban muy lejos como para buscar ayuda, ellos eran la guardia, mala idea.

— Ya estás viejo amigo. —dijo mientras lo empujaba y Allan caía pero aún así se seguí levantando, el demonio siempre envidió su perseverancia pero como sabía que era imposible que le ganara jugó un poco con él— ¿Sabes?, tu no eres el único que está viejo, por lo que sé mi hermana también está bastante grande ya....lástima que ella no pueda ni siquiera recordar tu nombre.

— ¿Qué dices? —bajó la guardia y de pronto siente como lo empujad desde atrás, ya no sabía cuánto más podría soportar mantenerse como dragón.

— ¡Allan no lo escuches! —dice su hermano cuando de un solo golpe en el estómago cae inconsciente al piso.

— ¡Frank! —se transforma en humano y va con él mientras intenta mantenerse centrado, ya había tenido el mismo problema, esa maldita teletransportación era su desventaja— Sólo debo esperar un poco más...un poco más...

Entonces en lugar de buscar como dragón se concentró como humano, con Amuria había hecho lo mismo, sentirla fue la única forma de atraparla y en contacto con él no podría usar su poder. Las sombras tuvieron más formas, sabía que lo atacaría tarde o temprano. Debía ser cauteloso y actuar en el momento indicado. Por primera vez en su vida pudo comprender qué debía hacer, como si en parte alguien se lo dictara evitó cada uno de sus golpes y con el tiempo justo llegó a apresarlo en sus garras para entonces detenerlo contra el suelo. Erin miraba asombrado cuando se dio cuenta que era la oportunidad perfecta para ir por ayuda.
Allan miraba a Aiperus con desprecio, no sabía que debía hacer hasta que por fin se decidió, acabaría con su existencia aunque le costara su dignidad. Ya no le haría daño a nadie más. Alzó su puño en el aire y lo envolvió en llamas, lo quemaría vivo de ser necesario, fue por su culpa que Amuria se había rendido y que lo había dejado. Por miedo a que lo lastimara, pero ahora sería distinto él sería quien destruiría a ese ser tan miserable. De los labios sangrantes del demonio salieron las palabras justas para que Allan se detuviera.

— ¿Quieres saber dónde está?

El dragón lo miró a los ojos, no mentía, no debía escucharlo él tenía la clave para encontrarla. No caería en sus juegos de nuevo. Algo lo detiene, una mano toma firmemente la suya y al voltear ve la mirada seria de su hermano.

— ¡Déjalo Allan!

Queda estático y se detiene pero no lo suelta, siente como Frank lo empuja y toma su lugar sobre el demonio. Podía ver como los ojos de dragón se asomaban en su rostro, por alguna razón le daba miedo. Abrió sus alas y entonces le susurró algo a Aiperus, este se puso pálido y entonces le murmuró algo en el idioma de los oscuros. El gran dragón lo entendió y entonces con una voz extraña le ordenó:

— ¡Sal de aquí Allan! ¡Hagas lo que hagas vete y no mires! —dice y entonces lo empuja con sus propias alas hacía atrás— ¡Aléjate!

El joven confundido sólo hace lo que dice y se aleja cuando siente algo tan paralizante dominarlo que no se atrevió a voltear.
Lo que no pudo observar era mejor que no lo hubiera hecho. Frank mostró una mirada que tenía oculta hacía años. Sus ojos se tornaron carmesí como los mismos demonios que él asesinaba día tras día. Se acercó al rostro de Aiperus y apenas susurrando le dijo:

— Si tu no tienes nada de valor, entonces no sirves. —sonrió malicioso por un instante.

Entonces lo envolvió en su fuego, pero no era el mismo de siempre, este vaporizó por completo al cuerpo del demonio y llevó su esencia al centro de la tierra dónde sería juzgado. Frank, lo había matado, cansado de ese acoso y cada vez más distante de la realidad su mente era consumida por un secreto que nunca nadie sospechó. Allan salió y no encontró nada más que el cuerpo de su hermano tirado en el suelo boca abajo. Fue hacia él y lo volteó, parecía que estaba dormido o algo. Se siente llegar a Erin y unos cuantos compañeros más y todos sorprendidos ven el cuerpo del más fuerte caído, todos ayudaron y lo acogieron bien. El joven de ojos celeste no supo explicarse y sólo dijo que había tenido una pelea dura y se sobrestimó demasiado.
En cuanto el más chico de los hermanos entró a verlo se percató de un olor extraño pero su cara no fue por eso, sino más bien por el hecho de saber de quién provenía. Azufre.

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— ¡Amuria cuidado! — dijo Lucía mientras la corría a un costado de la escalera y acto seguido una bañada por un líquido azul que por poco la asfixia.

— ¡Lo siento! —se le acercó y entonces la sacó antes de que se ensuciara más— Perdóname, no quise en serio, yo no me fijé...

— Ya niña tranquila, siempre quise ver cómo me quedaría el pelo azul, sólo termina de pintar y ten más cuidado con los bordes de la escalera. Yo voy a cambiarme.

— ¡Perdón! —le repitió al verla salir.

La mujer ya, estaba pintando su habitación con un gran paisaje, se había dado ese gusto, después de mostrar algunas de sus pinturas había conseguido un buen dinero con ello. Al parecer si tenía talento, aunque no lo quisiera admitir. Pronto habría una exposición donde estaría una de sus obras, ella siempre las enseñó como anónimo, pero aún así estaba ansiosa por saber qué dirían de ella.
Horas más tarde ya había terminado, había quedado perfecto, miles de olas a su alrededor. Logró sorprenderse a sí misma. Entonces ordena todo y siente que Lucía la llamaba a cenar. Ni siquiera se cambio de ropa y fue sin perder tiempo. La mujer de larga cabellera cocinaba como muy pocas ya, siempre era casera y casi nunca hacía comida basura. Por alguna razón, parecía cuidarse, desde que se convirtió en humana dicen comenzó a preocuparse por el tiempo que le quedaba.
Vio a Amuria llegar, toda pintada, pero sus manos limpias, ya estaba grande aunque su inocencia aún no desaparecía, a veces le costaba creer que hubiese sido un demonio, porque era una niña especial y seguramente muchos la amaron. Sí muchos.
Cada día parecía sonreír menos, la joven lo sabía entonces le contó de su evento.

— Lucía van a exponer mi obra y será una linda fiesta. ¿Te gustaría acompañarme? —la mira mientras tomaba de su copa.

— Me siento orgullosa de ti, Amuria, claro que iré. No me lo perdería por nada. —apenas la mira, cuando sus ojos se abren por completo y queda tildada— Está cerca...—murmuró por lo bajo.

— ¿Quién está cerca?

— Él.

Estuvo así un tiempo y luego no volvió a hablar, Amuria tampoco la incitó demasiado, ya le había paso otras veces que sentía eso y pese a que no le entendía no debía molestarla. Entonces sintió un dolor, una molestia en su espalda. Se sacó la remera y al ver su espalda en el espejo se quedó tan impactada que casi se cae contra el mueble que tenía detrás. Las marcas que tanto trabajo le había costado curar de su espalda estaban nuevamente sangrando, como si nada. Fue corriendo al cuarto de Lucía y esta al oír sus gritos se asusto tanto que sólo le basto abrir los ojos para ver a la joven histérica y hablando demasiado rápido como para entenderla.

— ¡Ya cálmate y dime qué pasa! —estaba en camisón y apenas podía contenerla cuando la ver el piso notó la sangre que se deslizaba por su espalda— Amu...

— Yo...

Antes de poder decir más se desmayó, pero más por la impresión. La mujer alcanzó a sostenerla y la recostó en su cama con cuidado. La desvistió y entonces comenzó a atender sus heridas. No podía entender porqué se habían abierto así, después de lo mucho que le costó borrarlas de su piel. En cuanto terminó calló rendida a su lado, la sintió murmurar algo entre ese sueño tan repentino.

— Ya vienen.

Lucía se sorprendió y apenas le acarició el cabello, sí tenía razón, ellos venían.

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Estaban en un pueblo, Frank había estado inconsciente demasiado tiempo y lo llevaron a un hospital cercano. Este al despertar, después de unos cuatro días recordó algo de repente y sin permiso ni del doctor ni nada se levantó se vistió y cuando estaba a punto de irse Erin entra al cuarto y no puede ocultar su asombro. El mayor parece ignorarlo y hasta intenta sacarlo de su camino pero el menor lo evita pero entonces Allan lo ve y lo acorralada contra la pared, siente su fría mirada examinarlo a fondo pero no desiste.

— Debes descansar.

— Ya estoy bien, además yo siempre tengo razón o lo olvidas. —entonces se lo saca de encima y acota— Tengo que ir a un lugar, ustedes regresen a casa.

Allan y Erin intercambiaron miradas, siempre habían respetado la privacidad de su hermano pero ya era preocupante. Le cerraron el paso y lo obligaron a acostarse de nuevo, era todo un adulto pero algo en su mirada despertaba desconfianza y nada parecía apuntar a nada bueno. Pasó un buen tiempo hasta que lograron tranquilizarlo para que les dijera que planeaba.

— Hay una ciudad cerca de aquí, todos lo años hacen una celebración al arte y debo ir. Debo ver a alguien. —mira hacia la ventana— Sólo eso, será en unos tres días.

— ¿Una fiesta? ¡Yo quiero ir! —exclamó emocionado Erin, que claro aún quería disfrutar de su juventud.

— ¿Sólo eso? No del estilo de cosas en las cuales te veo Frank. —dijo dudoso Allan cuando recordó que cerca de allí podría tener más pistas de Amuria, la última vez en el campo fue por esa dirección que su estrella comenzó a brillar.

— Admitan, no me conocen para decir algo así, Allan. —le contesta serio y entonces sólo se levanta— Pueden venir mientras no se metan en mis asuntos.

— ¡¡Si fiesta!! —dice casi celebrando el más chico cuando la sentir las dos miradas de "eres inmaduro" de sus hermano se achicó y entonces salió del cuarto para preparar las cosas.

— Yo te pedí ayuda, ¿es necesario que te la ofrezca ahora? —pregunta Allan preocupado por esa mirada ya no fría sino entristecida del dragón mayor.

— No. Es mi problema y lo resolveré, pero cuando destruí a Aiperus me di cuenta que ya no puedo evitar las cosas, debo eliminar ese error. —se había descuidado, al hablar.

— ¿Tu mataste a Aiperus? —intenta verle los ojos pero este no contestó.

Ninguno habló más desde entonces, el mestizo entonces salió del cuarto y vio a Erin empacando todo con cuidado, se notaba que no era un hombre para la guerra, era muy chico aún con dieciocho años. Le puso una mano en le hombro y le susurró:

— Debemos cuidar de Frank, así que no te relajes tanto.

— ¿No sentiste su olor? —le dice serio.

— No, ¿por qué?

— Huele a demonio, pero como si fuera él. —entonces se pone serio y sus ojos verdes brillan— Allan, está más misterioso y cerrado de lo normal, creo que algo malo le pasa.

— Sólo son presentimientos de joven que eres, él estará bien pero sí debemos asegurarnos que no haga tonterías. Por estos días seremos nosotros los responsables ¿si? —le sonríe apenas y entonces lo mira.

— Ahhh está bien, pero sé tu más responsable, a mi no me sienta jajajaja

Al oír su risa Allan le respondió de la misma forma, tantos años habían pasado que sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que había crecido, porque Erin tenía su misma actitud despreocuparte que tanto lo acompañó en su juventud.
Recordó a Amuria, ¿qué haría si la encontraba? Era la primera vez que se preguntaba eso en tiempo, como si fuera seguro que la encontraría en esa ciudad. Se sentía extraño, un deja vú extraño lo invadió...¿Qué haría si la encontraba?

CONTINUARÁ

jueves, 25 de agosto de 2011

Capítulo Treinta y cuatro: 13 años de soledad

¿Cuántas cosas pueden cambiar en apenas 13 años?¿En diez?¿Y en siete?¿Cuatro?...

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En una casa mediana, una joven recién casada se preparaba para recibir a su esposo. Hacía unos cuatro años había empezado a ser soldado de un ejército muy particular, y pese al peligro que pasaba, ella nunca dudó en que siempre volvería. Siempre lo hacía.
Entonces la puerta principal se abrió y él entró. Con su ropa manchada de barro, su cara de cansancio y una expresión seria como ya era habitual. La chica de cabello anaranjado y con su trenza cocida fue y lo abrazó con emoción. La alegría de ella contrataba con el frío abrazo de él al verla, parecía alejado de todo. Después de contarle que todo iba bien, él y sus hermanos, todo en orden tomó su bolso y se dirigió a su cuarto. La esposa lo atendió con paciencia, nunca era efusivo o entusiasta, pero quizás era otra cosa. Algo que ella no quería aceptar.
El hombre, dejó su uniforme a un lado, estaba bastante marcado por moretones y una que otra herida que luego debería hacer ver con su esposa. Ya estaba tan acostumbrado al dolor que sólo se quejaba por costumbre. Se sentó en la cama, se sacó la camiseta y colocando sus brazos en las rodillas se frotó el cuello pensativo. En su pecho colgaba un amuleto extraño. Este lo miró y lo besó sin más.
Su esposa, se quedó helada al verlo con esa actitud y su expresión fue la de un completo odio al ver como le dedicaba una sonrisa a ese objeto.

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Una joven con un pañuelo verde y azul en la cabeza pintaba con tranquilidad en su terraza mientras a su costado descansaba un cigarrillo, el cual fue tomado entre las manos de la misma e inhalado sin emoción alguna. Una mujer mayor entró y entonces la abrazó para correrla y ver el cuadro.

— ¿Ves? Te dije que serías buena en esto, aunque nadie lo vea, eres demasiado buena para seguir de maestra, presenta algo a un experto, hazme caso...—entonces la mira más detenidamente, le saca el pañuelo de la cabeza y sorprendida exclama— ¿Nuevo corte?

La joven ríe y busca su pañuelo pero se lo coloca de bufanda esta vez, apenas se toca su cabello recién cortado y mientras vuelve a su cuadro le explica.

— Siempre tenía que lavarme el pelo después de pintar por mancharme, entonces lo corté un poco.

—¿Un poco? Un poco más y te confundiría con un chico bishoujo, como dices. —bromea ella y entonces le toma un mechón, si apenas le quedaban diez centímetros de su antes larga cabellera— Me gustaba más largo, déjalo largo Amuria.

— Gracias por el ánimo. —esas palabras le eran familiares, pese a haber pasado ya siete años no recordaba mucho de su otra vida— Mira a mi me gusta así, es más cómodo y punto. Igual, ¿no te gusta?

— Aww....gatita...me encanta con tal que te guste a ti, no hagas caso de mis fetiches, ya me conoces.

Le quita el cigarro de la mano y le da una calada profunda terminándolo y tirándolo al suelo. Acto seguido lo pisa.

— No imites ese vicio, recuerda, eres humana...puedes morir. —dice regañándola.

— Lo sé, pero que quieres, eres mi ejemplo. —se excusa divertida.

La mujer solo le sonríe y se va a hacer sus cosas. Lucía seguía siendo su misterio, pero ya eran como hermanas o buenas compañeras, la joven nipona no se despegaba de ella y más de una vez se la encontró llorando y fue ella quien la consoló aún sin que esta confiara para contarle que le apenaba tanto. Amuria aprendió en el tiempo que estaba con ella, que nunca lograría acercase más a su mente que lo que era el trato gentil y las pequeñas historias de su infancia. Sólo sentía mucha pena los días en que la veía deprimida, como si un piano se le hubiera caído encima se la pasaba sentada en su cama mirando hacía la ventana y no comía en todo día. Era preocupante, pero la joven había aprendido a no consumirse en eso y comenzó a estudiar pintura. Así se había transformado en profesora y recientemente pintaba sólo por decorar las blancas paredes de la casa donde vivía.

— ¿Por dónde iba? Ahh cierto... por las alas.

El cuadro que estaba haciendo era muy interesante. Lo venía pensando hacía varias veces, hasta había soñado con él. Un enorme dragón abriendo sus alas al amanecer. Mientras lo hacía sentía una gran ansiedad, sonreía al ver su trabajo, pensando que podría ser algo más. No estaba segura, pero últimamente tenía muchos sueños con dragones, quizás en otra vida había sido uno, quien sabe. Siente unos pasos a su espalda, se voltea pensando que Lucía la estaba espiando pero no ve a nadie. Ya hacía varios meses que le pasaba eso. ¿Habría un fantasma?¿En la casa o en su mente? Seguro era su imaginación.

Esa misma noche, alguien fue a visitarla, un espíritu juguetón. Una joven de cabello blanco y un kimono junto a una bufanda rosa. La mira y le acaricia la mejilla, ríe por lo bajo y le dice:

— ¿Quién es la anciana ahora? Aww te ves tierna, aunque más vieja...a veces me equivoco, cambiaron tu nombre. Bueno una de trescientas no es mala predicción. —suspiró y entonces se levantó de la cama sin despertarla— Tienes suerte de tenerme de guardiana, sino, ¿qué sería de ti? —dice arrogante como siempre y al salir se encuentra con una mujer que la miraba atónita—.

— ¿Suzuki?

— Lucía, hermosa, tanto tiempo. —dice fingiendo amabilidad— Aún recuerdo lo que deben tu y tu hermana.

— Si, lo sé, este...¿no me podrías decir algo?

— ¿Qué quieres? —nunca negaba ayuda, aparte se la veía más humilde a cuando era una ha'ngô.

— ¿Hay forma de deshacer un contrato de sangre?

— Lo siento niña, esos son bajo vida o muerte, nada se puede hacer. Inclusive si yo hiciera uno no podría librarme de él nunca, tendrás que sufrir las consecuencias... ¿Qué hiciste? —pregunta curiosa mientras le da la espalda.

— Vendí mi alma por la razón equivocada. —dice cabizbaja cuando al levantar la vista puede observa que la estrella ya no estaba.

Suzuki la miró desde lejos y exclamó:

— Pobre niña, mejor dicho, pobre madre. ¿Cómo no me di cuenta? No puedo pensar que lo sé todo...—se recriminó por su egoísmo.

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Ya eran diez años, una mujer y un hombre estaban en la intimidad cuando un pregunta lleva a la otra, se arruina el momento. Ella se separa y llora a sus espaldas, ya venía soportando eso demasiado tiempo. Johana estaba cansada, ni todo el amor u obsesión en parte podía seguir fingiendo que todo estaba bien. Él no la amaba, eso lo sabía aún el día en que se casaron, pero ella siguió por obstinada y ahora después de tanto años estaba en la misma cama que él, en su casa y aún así esa vida no le pertenecía. Allan intentó reconfortarla, solo empeoraba las cosas, viendo cosas que en esas caricias no existían. El dragón la abrazó, ella lo rechazó.
Sin más opción que ser honesto, tomó su ropa, se vistió y antes de irse le confesó:

— Lamento esto, yo no quise herirte nunca. Creí que podría llegar a amarte, porque creía que le amor se construía. Pero es inútil construir donde aún hay escombros. Yo lo siento.

— Sólo vete. —sollozó cuando al oír la puerta susurra— Sé feliz Allan.

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Trece
En un lugar lejano, una mujer rehacía un trato, un trato que definiría su futuro. Firmó con su sangre por segunda vez y entonces su demonio muy seductoramente la abraza y dice:

— ¿Ahora entiendes por qué te pedí que te encargaras de ella? Sabía que caerías de nuevo...ya van dos hermana, pronto tres, tu corazón siempre fue débil.

— ¿O quizás muy poco egoísta? Me gustaría que así fuera.

— Eres débil, sólo eso hermana, pese a haber nacido juntas siempre fuiste mía y así seguirá siendo. —se le acerca y toca su rostro— Ya no puedo esperar, estas vieja pero no importa, pronto morirás y podré darte la forma que quiera. Ahh Lucía anímate, todos aquellos que quieres son felices, claro a costa de tu propia felicidad.

— Está bien, lo acepto, lo más seguro es que no la merezca. Yo me preguntaba si podría..

— Cada diez años hermana, diez años, pero ve el lado bueno faltan sólo tres. En cuanto a este nuevo contrato, tu tiempo se acortará en digamos tres años, así que espero lo encuentres pronto o sino morirás sin volver a verlo.

— Lo sé, aún así Amuria lo vale, ella hará mejor uso de su vida que yo.

— Bien, no te preocupes haré mi parte del trato, la liberaré del lazo con Aiperus. Siempre pensando en los demás, te quemaras en el infierno.

— Al menos no te dejaré sola Juliett, nunca te dejaría sola. —comienza a llorar.

— No importa eso, yo ya no siento emoción alguna por ti, ahórrate las lágrimas.

— Tienes razón.

Fue transportada de vuelta a su hogar, nuevamente, si antes no podía salir ahora menos y sin embargo nunca se arrepentía. Se dirigió al cuarto de Amuria y la vio dormir, ya se estaba poniendo grande. Sus lentes a un costado, resultado de su vista corta. Su cabello algo crecido al estilo careé, le sentaba muy bien pero la hacía aún mayor. Entonces al verse en el espejo del mueble se dio cuenta, que todo lo bella que se había puesto Amuria se le había ido a ella en los años. Se sintió rara, pensar que estaba vieja y aún lloraba por las mismas cosas. Luego miró a la joven dormir, recordó cuando veía a su propio hijo en la misma posición, bella y antiguas épocas. Si hacía lo correcto, sonrió de lado y se dijo a si misma.

— Tres años no son nada, yo te encontraré.

Ilusionada por atreverse a decir eso se marchó a descansar. Mientras en los sueños de la joven se podían distinguir la figura de un hombre solitario y una mujer solitaria, ambos se encontraban y eran acogidos por un enorme dragón rojo. Su memoria volvería con él.

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Hacía tres años él vagaba solo por los caminos en busca de algo, no se guiaba por la vista, casi había olvidado como se veía pero nunca olvidaría su esencia. Ella estaba viva y aunque le tomara su vida entera debía buscarla. Mientras caminaba hacía un pequeño pueblo de Moscú el amuleto en su pecho brillo por primera vez...quizás estaba a miles de kilómetros pero ya tenía una pista. El porqué Amuria le había dejado ese regalo, para encontrarla.

— Espérame un poco más.

Dijo al viento mientras volvía a su campamento, debería dejar las cosas en claro con Frank y Erin. Sabía que lo regañarían por dejarse guiar por una corazonada, más aún porque lo creía perdido en esa causa, él seguiría. Pero lo que nunca supo fue que antes de poder emprender su viaje de regreso a ella se cruzaría con un demonio desquiciado y rencoroso. Un demonio que debía cobrarle una vieja pelea.

CONTINUARÁ

sábado, 13 de agosto de 2011

Capítulo Treinta y tres: La canción

Existen varias cosas que conectan a las personas, a veces son muy obvias, otras no tanto. Éstas puede ser desde simple tics de mirar a la nada cuando en realidad miras más allá de la distancia sintiendo la atenta mirada de la otra persona, hasta ese momento en el cual tiendes la mano en la cama esperando a sentir otra que te la sostenga.

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En un hospital bastante carente de buenos servicios pero al fin funcional se encontraba un chico recostado entre tres sillas de la sala de espera, lucía agotado. Una enfermera lo miraba con atención, lo conocía, eran viejos amigos. Se le acercó y con suavidad le despertó, preguntó por quién esperaba y al oír la respuesta casi entra a zancadas para darse por enterada.

— ¡Espera Johana! -le dice a la par que algo desorientado se levanta e intenta detenerla-.

Al abrir la puerta se lo halló en una escena un tanto perturbadora. El joven con unos vendajes en el pecho, con sueros y varias cicatrices aún abiertas sobré sus brazos. Jamás lo vio tan mal como ese día.
Se llevó las manos a la boca para evitar gritar mientras siente los brazos de Frank rodearla y en lo que la está sacando de la habitación escuchan un murmullo un tanto extraño.

— ¿Cómo se llama esa canción?

Ambos se voltean y lo miran, estaba sonriendo con los ojos cerrados. Notan que había una pequeña radio a un costado de la ventana, una melodía se escucha de fondo. Los dos se miran, ¿el nombre de la canción? Johana se acercó al reproductor y entonces al terminar la canción hubo un gran silencio y luego nada. Se había cortado la señal.

— Lo siento Allan, no dijeron. —le responde un tanto desilusionada.

— ¿Qué hay con esa canción hermano? — dice serio, aunque en el interior tenía una alegría inmensa por oír su voz de nuevo.

— Porque soñé que bailaba esa canción, y era tan feliz entonces. —abrió los ojos mirándolos de una forma tan melancólica que provocaba abrazarlo, sonrió ampliamente— Era tan feliz.

— Allan...—exclamó Johana y entonces fue y le acarició el rostro, lo único que carecía de herida alguna.

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Mientras Amuria limpiaba su cuarto, Lucía el pasillo, esta última puso la radio y después de varias canciones movidas se escuchó la voz del animado locutor.

"Ahora para los románticos, para aquellos que buscan una excusa para ser románticos...para ustedes este clásico.."

Entonces al oír la canción, el cuerpo de la joven no pudo contenerse, como si estuviera en otro lugar, buscaba a alguien. Salió como hipnotizada al pasillo y entonces al verla tan distraída Lucía se le acercó y le preguntó si estaba bien. Amuria no la miraba, aunque parecía hacerlo, como si no estuviera en el mundo real. Con un hilo de vos la oyó decir:

— Si quiero bailar.

La mujer de cabello enrulado sólo se dejó llevar con una sonrisa tonta en el rostro y tomándola por la cintura la hizo bailar. Se notaba que era media dura pero igual, la expresión en su rostro no tenía comparación. Lucía se impresionó, sabía que estaba soñando despierta, pero se moría de ganas de saber con quién. La joven solo sonreía y sus ojos brillaban como si viera lo más hermoso del mundo. Estaba encantada bajo la dulce melodía.
Lucía bailaba muy bien, experiencia claro, la llevó la dio vuelta pero no lograba hacerla reaccionar. Sólo se reía a los tropezones de ella y dejó a ver cuando volviera en sí.
Al terminar la música Amuria finalmente apareció de verdad, al notar la posición en la que estaban se sonrojó toda y le preguntó:

— ¿Qué estás haciendo?

— Lo que me pediste gatita. —la suelta y entonces ya seria nuevamente le cuenta— Estabas soñando, al parecer algo bueno...dime...¿con quién soñabas?

— ¿Con quién soñaba? Pues con un...—entonces su mente se bloquea y no logra recordar nada, incluso su vista le falla y cae al suelo.

— ¡Amuria!

La sostiene hasta que se le pasara aquel problemas, sintió mucho frío a su alrededor, había un demonio cerca de ella. Entonces saca de su cuello una cruz plateada y con su larga cadena también la envuelve a Amuria. Ya lo había sentido antes, esa entidad había llegado con la joven. Al sentir como se alejaba, miró a la nipona un momento. Había algo en ella, que por alguna razón la hacía reaccionar así, como si fuera su deber protegerla. Le deja su amuleto y le besa la frente.

— ¿Qué fue eso? —pregunta ya recuperando el control de sí misma.

— Un demonio, y uno poderoso, al parecer. Niña creo que ya se porqué no logras recordar todo, alguien no quiere que lo hagas...

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Mese después de accidente, Allan se hallaba con su hermano en la casa de sus padres. Al menor aún le costaba un poco caminar, de verdad no podría tomarse todo tan a broma a veces, había estado bastante grave. Estaba mirando por la ventana distraído en sus pensamientos, entonces una joven de   cabello rojo anaranjado lo abraza por el cuelo y apoyando su mentón sobre el cabello de él le pregunta qué estaba pensando.

— Nada. —responde nuevamente en su actitud distante.

— ¿Quieres que te haga pensar en algo? — lo suelta y quedando frente de él choca sus narizes apenas y entonces sin aviso lo besa con pasión.

El dragón estaba cansado y muy solo, se dejó llevar ante ese cariño ya tan distante en su memoria. Entonces le correspondió, ignorando lo que aún sentía y al sentir tan cerca. Estaba sentaba sobre él y su rostro le sonreía con picardía, Allan sabía lo que significaba. Se veía desanimado y un tanto triste pero aún así fingió una sonrisa y le susurró en el oído a ella.

— Dime idiota, sólo dilo. —cerró los ojos para engañarse a sí mismo.

— Idiota. —dijo por lo bajo y entonces sintió cómo los labios de él descendían por su cuello.

Allan estaba al recordarla, y entonces sólo se dejó llevar como antes por sus instintos, olvidando así por unos minutos el amor. Pero fue en ese momento que alguien llamó a la puerta, algo quiso evitar que eso pasara. Y por alguna razón, el dragón pudo reconocer esto y se alejó de la Johana para ir a atender. Pese a las quejas de ella que ya estaba semidesnuda, él asumiendo que era importante salió a ver quien era aún con alguno vendajes en su pecho descubierto.
Se encuentra con un joven rubio que ocultaba su miraba bajo unas gruesas gafas de sol. Estaba pelado casi y entonces sonrió extrañado y le dijo:

— Me costó encontrarte, hasta se rumoreaba que habías muerto amigo. — se le acerca y entonces se saca los lentes para que pudiera apreciar sus ojos pervertidos, lo besa en la mejilla— ¿Tiene la memoria afectada por ese golpe?

— E-em-mber...—se da cuenta por el beso y entonces lo mira poco amistoso— ¿Qué haces aquí?

— Seguramente no lo mismo que tu, sólo vengo de mensajero, me han dicho que esto fue encontrado en la escuela. Y estoy seguro que es tuyo.

— Tengo prisa, dame lo que sea que quieras. —entonces se percató de su insinuación y le dijo— No seas mal pensado, estoy solo. —mintió.

— Tienes un olor a mujer excitada muy fuerte como para disimular A-chan. —dice y entonces le entrega un sobre— Ten, que yo sepa sólo había una persona a quien le decía así cariñosamente.

Al ver el sobre, la letra de Amuria, un palabra que hizo que se estremeciera y sintiera culpa.

~ Tonto Allan ~

El rostro del dragón cambió, ese tonto, cómo lo fingió Johana jamás seria como sonaba de ella. Entonces dejó al demonio y al entrar no pudo sino pedirle a su amiga que se fuera, esta lo hizo pero de muy mala gana. Al quedarse solo abrió la carta con cuidado y no había papel alguno, sólo un colgante. Una estrella invertida o al menos eso era para Allan. En un momento se preguntó porqué le dejaría algo así. Una cadena de plata y el símbolo era blanco, era llamativo, no parecía algo que Amuria usara. Se lo colocó y  sintió un calor en el centro de su pecho que hacía meses había olvidado.

— Amuria.

Fue ese día, el primero de una búsqueda, porque aún si le dijeran loco o obsesivo, ese día el supo...que ella aún estaba con vida.

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Lucía estaba en la terraza de su cuarto, pensaba en muchas cosas, ya iba por su quinto cigarrillo y aún no ordenaba sus ideas. Entonces sintió una presencia a su espalda y se volteó rápido pero no logró responder al sentir su esencia. Alguien la abrazaba con cariño, ella respondió de la misma forma.

— Te extrañé mucho. —dice una voz muy dulce.

— Y yo a ti, hermana. —sintió una molestia en su pecho— Me duele mucho.

— Lo siento, siempre me olvido. — se separa del pecho de ella y la deja de tocar— ¿Cómo vas con la pequeña?

— Bien, es muy buena niña, igual creo que debo pedirte otro favor. Tengo el presentimiento que hay un demonio influyendo en su mente, por alguna razón hay algo que me dice que está en peligro. ¿Tienes alguna idea en cuanto a eso?

— Sólo se me ocurre que su hermano la haya seguido pero es imposible, aquí no pueden entrar demonios no invitados. Veré que hacer, tu cuídate mucho, ya faltan poco años...¿si?

— Lo sé, tranquila estaré bien. —contestó cabizbaja y con tono triste.

Se miran como queriendo volver a abrazarse pero no lo hacen. Al desaparecer Juliett, su hermana menor se siente sola y llora un poco para descargar esa bronca por la maldición que las acogía hacía tanto tiempo ya.
Fue al cuarto de Amuria y se acostó a su lado, la abrazó con ilusión de calmarse un poco. La joven despertó y al verla sólo le preguntó:

— ¿Estás bien onne-chan? -se acurrucó en su pecho-

— Sólo quiero quedarme un minuto, ¿te molesta?

— No, ven, tengo frío.

Lucía la abraza con fuerza y la siente suspirar encima de ella, ojalá algún día pueda volver a hacer eso con su hermana sin salir lastimada.

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Varios años pasaron, muchas cosas cambiaron. Peleas, amistades, búsqueda y olvido. 
Un hombre buscaba a una mujer, una mujer quería recordar al hombre, ninguno de los dos tenía pista alguna pero aún así seguían intentando. En sus caminos cruzaron con viejos amores, con caídas y rencores...todo ello al final ¿mereció la pena?. Eso sólo ellos podrán responderlo.




Capítulo Treinta y dos: Saludos

Desperté y tuve la necesidad de levantarme, extrañamente mi cuerpo se sentía como aturdido y tardaba mucho en responder. Noté que mis piernas apenas podían moverse, pero peor aun mis brazos parecían no tener en cuenta mi voluntad. Al rato intentando moverme siento la puerta abrirse y veo a Lucía entrar. Esta me miró con paciencia y mientras ataba su alborotado cabello en una coleta me dice mientras se sienta a mi lado.

— Pequeña, tu cuerpo tardará en responderte, cálmate. A mi me pasó lo mismo y ves, pasa. —entonces la levanta y la apoya en unas almohadas— ¿Recuerdas algo?

Intento hablar pero no lo consigo, entonces muevo la cabeza en negación. Mi cuidadora suspira y entonces me toma una mano y la sostiene con fuerza.

— Niña, tu estuviste en un juicio por tu vida, ser un demonio o un humano. Al parecer, el amor fue más grande que tu ambición, y tu eres una humana ahora. Tu cuerpo y esencia se transformó por completo, pero tu alma sigue igual. No podrás recordar todo a la perfección, y quien sabe si en algún punto podrás recordar...lo importante ahora es que puedas empezar de nuevo y yo te voy a ayudar.

Yo sólo quedé confundida, por alguna razón le creía y por otro, al oír la palabra "juicio" me estremecí y las ganas de llorar regresaron. Intenté soportarlas pero no pude y la desconcertada mujer no hizo sino abrazarme maternalmente.

Al pasar los días, comencé a moverme más por mi cuenta y de a poco conseguí poder hablar o al menos expresar pequeñas palabras. Lucía me decía que debía volver a entrenar mi reacción a mi pensamiento, no debía ser tan difícil en alguien joven como lo era. Y tenía razón, en un mes, ya hablaba con fluidez y me movía casi con la misma agilidad de antes.
En el transcurso de esos días, la mujer se fue volviendo más compañera y trato de abrirse más.  Esta me veía como una hermana, cómo me había cuidado aún sin conocerme, era extraño pero a la vez se me hacía familiar su rostro. Finalmente un día, la mujer me hizo saber de su identidad.
Estábamos en la cocina tomando el té de la tarde cuando me contó mientras miraba hacía la ventana.

— Supongo que te preguntarás ¿por qué estás aquí?¿por qué soy tan amable contigo? Verás...—dio un sorbo a su taza y prosiguió— soy la hermana de Juliett, un demonio que conociste y que al parecer le caíste bien. Ella me dijo que si te convertirías en humana y que debía ayudarte y henos aquí.

— ¿Juliett? Te me haces conocida, pero la verdad no estoy segura. —dice mientras la miraba detenidamente.

— Mmm...a ver. Imagíname rubia, con los mismos ojos. —se desabrochó un poco la blusa haciendo un escote exagerado— y vestida de una forma sensual, así es mi hermana.

Al verla por un tiempo prolongada y al acercarme un poco a su rostro tan serio, mi mente me jugó una broma haciendo aparecer la figura de ese demonio frente de mí. Recordando las veces que la había tenido cerca y más que cerca de mi. Los colores se me subieron a las mejillas, no podías pensar en que había hecho tales cosas y con una persona como ella. Aún así, al sentir la cálida carcajada de mi compañera volví al mundo real y escuché su veredicto.

— No me sorprende, eres muy linda niña, pero mi hermana siempre se pasa de "linda" con muchas. —sonrió mientras en su mirada sólo se veía soledad.

— No puedo creer que haya hecho eso, no creí que fuera así como mestiza.

— Y en cuanto recuerdes más, más te darás cuenta de lo que viviste, tal vez te guste, tal vez no. Todo es cuestión de verte, si eres humana, te han amado mucho mi pequeña.

— ¿Amado?

— Si, la única forma de que te convirtieras en humana es que muchos así lo desearan y te quisieran d este lado. Por lo que me han contado, tenía un hermano ¿no es así? Probemos tu memoria, dime su nombre, te daré una pista: empieza con "A"

— Mi hermano se llamaba...—su rostro, su sonrisa se hicieron presente al decir hermano— Daisuke. —sonrío sin darme cuenta.

—¿Mmm? —apenas murmura con cara de desorientada1— No, era Aiperus, pero tal vez ese era su nombre al convertirse. Debes estar algo cerrada aún, yo recordé toda mi vida en días, aunque tuve ayuda de quien más me conocía.

— Aiperus, él no era mi hermano. —dije triste, no pensé que ese demonio era Daisuke, no lo era.— Después de convertirse, dejó de ser Daisuke, yo lo llevó en mi corazón.

Lucía me sonrío, por pena o por entendimiento aún no estoy segura. Luego de tomar el té me pasó a explicar muchas cosas. El cómo comportarme, cosas que no tenía idea que sabía hasta que logré recordarlas. Entonces me preguntó en qué era buena, yo le dije que no estaba muy decidida en algo.

— Te veo cara de pintora ¿has pintado alguna vez?

— La verdad, no lo creo, ¿pintora? suena muy difícil.

— No lo es tanto, claro si tienes ideas. Probaremos eso.

Me quedé sorprendida de lo decidida que era, aunque con el tiempo me daría cuenta que Lucía siempre mostraba mucho y ocultaba más. Al parecer le caí bien, y por alguna eso me hizo pensar que era un problema. Más aún con los rumores que transitaban sobre ella.
Verán mi tutora, como la empecé a tratar ya que era una mujer en mi comparación, era una persona muy respetada a simple vista como así también muy polémica. En muchos de los lugares dónde me mandaba a comprar era más de uno el que hablaba de ella, a veces mentían, otras parecían que la examinaban como si fuera una especie rara.  En una oportunidad hablé con el sacerdote, el mismo que me encontró, según él Lucía era un alma muy difícil de complacer pese a estar siempre dispuesta a ayudarlo con sucesos "más allá de este mundo" me confesó que nunca la conoció a más.
Los niños me decían que tenga cuidado, que ella era una bruja que se alimentaba de las personas y las cocinaba como verdura. Me pareció ridículo.
Después las mujeres mayores me contaban que era tanto una maldición como bendición, más de una vez ayudó en casos de demonios que poseían a sus pequeños, pero también era una hereje por nunca haberse bautizado ni ir a misa. Eran muy tradicionales, yo no les creía, aunque si me asustaba en algún punto; ¿por qué siendo humana seguía en contacto con los seres de la oscuridad? Finalmente llegué a hablar con la última parte del pueblo, los hombres. Estos me dijeron que nunca hablaba con ellos, a veces si se la veía salir con los más jóvenes pero en realidad no sabían de que hubiera estado casada ni nada. Todo un misterio, esa fue mi conclusión.

— Lo único que oculto es mi odio hacia este pueblo. —me dijo una vez y no más.

Creí que podría llegar a conocerla, en un punto pensé que era bipolar, un día contenta y llena de alegría y al siguiente todo le caía mal y fumaba sin parar hasta que le agarre un ataque de tos. Inclusive hubo veces en que me trataba tan mal que tuve que irme de la casa hasta que se pasara el humor. Una mujer rara, una noche me dijo que nadie duraba más de cinco años a su lado, pero nunca estaba sola.
Eso me llamó la atención, será que había tenido más chicas como yo o solo se hacía la misteriosa y enigmática para que no husmeara en su vida. Mi curiosidad era grande así que poco le sirvió y solo alimentó mis ansias por conocerla. No se parecía a su hermana, a quien recordé demasiado bien en poco tiempo, ella era inestable e impredecible. Aunque toda mi curiosidad y ansiedad por conocerla se fueron un día en que me reveló sus verdaderas intensiones conmigo.

Una noche estábamos tomando mientras en un intento por relajarme para unas pruebas de un curso que estaba tomando. Entonces se me fue la lengua ante el efecto de aquel dulce licor y comencé a contarle los miles de rumores, de ella.
En un momento, se estar sobria, me hubiera callado porque su rostro ya no se reía sino más bien estaba enojada y mucho. Recuerdo que se levantó de su silla y me miró tan fijo que creí que moriría con solo esa mirada.

— A mi no me importa que te digan, sólo ten cuidado con lo que tu dices, llegas a decir algo sobre que era un demonio y créeme que conocerás lo que es un verdadero demonio. —me alzó el rostro y me besó, sintiendo como sus labios me quemaban por dentro, tuve el reflejo de quitármela de encima pero de no ser que fue ella quien me soltó no se si podría haber quedado tan bien— El que no sirva a Satán no quiere decir que sea una buena persona Amuria, sólo me ocupo a favor de mi hermana pero yo, y que te quede claro, NO soy una buena persona y nunca lo seré...aunque me gustaría serlo...—esto último fue más como un susurro.

Desde esa noche yo no le pregunté nada que no quisiera decirme, tampoco hablé con nadie de más chismes y me concentré en recordar lo que tanto había olvidado.
Esto me llevó tiempo pero quizás tuvo un motivo, quizás había alguien que aún no debía recordar...

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En medio de un campo abandonado mucho separaban sus caídos y los llevaban a sepulcro sin el más mínimo ruido o queja alguna. Los demonios buscaban a los suyos y los devolvían al fuego del cual nacieron, los dragones envolvían a sus compañeros y los enterraban.
En medio de las caras tristes y una que otra lágrima silenciosa, estaban dos hermanos tirando tierra con una pala, terminaron. El menor solo dedicó una plegaria simple, el mayor solo miró al cielo esperando algún día volver a verlo. Se quedaron viendo la tierra recién removida hasta que oscureció y entonces juntos se dirigieron a su campamento.

— Tranquilo, yo le diré a papá y mamá.

Ve como su hermano le sonríe apenas, era extraño, en parte le dio miedo esa sonrisa y claro su instinto no le fallaba. El más joven calló de bruces al suelo mientras se sostenía el abdomen con fuerza. Una mancha de sangre se distinguía en su ropa.

— ¡Allan! —gritó mientras lo tenía contra su pecho y comenzó a pedir por ayuda, lo miró bien y quitó el pelo se su rostro, apenas tenía abiertos esos ojos celestes únicos en el mundo— Allan por favor no me dejes solo, no me dejes solo...por favor...

Esa la primera y única vez que el mestizo vio llorar a su hermano, mientras lo abraza con fuerza sentía sus lágrimas caer sobre él. Había soportado el dolor todo el tiempo con tal de acompañar a su hermano caído, y ahora parecía caer él también...en un momento cerró los ojos y el llanto de su hermano se hizo inaudible.


CONTINUARÁ

sábado, 6 de agosto de 2011

Capítulo Treinta y uno:

En una tierra muy lejana, en medio de la nieve y el desconcierto de la mayoría de las personas existía un pequeño pueblo perdido. En él, había una iglesia, magnífica por su sencillez. Apenas en la entrada de la misma, cubierta solo con una sábana blanca se hallaba una joven con el cuerpo frío e inconsciente. El monje, a punto de dar la misa, recorre su hogar cuando al ver a la desconocida acude rápidamente a su ayuda. Nota que estaba desnuda y con el frío de aquel lugar no era nada bueno. Llamó a sus mojas compañeras y estas la abrigaron y cobijaron mientras intentaban salir de su asombro. No era del pueblo.
Entonces mientras la recostaban en una de las camas de la sala de amparados, la puerta de la iglesia se abrió de par en par. Una figura femenina se hizo presente, su cabello enrulado sobre salía de su abrigo, sus brillantes ojos carmesí daban lugar a su imperial presencia. Se dirigió a donde las mojas con la joven y abriendo la puerta sin la más mínima señal de respeto las miró y exclamó:

— Ella viene conmigo, la he estado esperando por mucho. —dice y entonces el monje la mira con preocupación— Tranquilo padre Pedro, ella no es de "ese" tipo.

— Menos mal mi niña, ya hemos tenido bastante problemas con ellos. ¿Quién es?

— Una buena persona y con eso deberá conformarse, porque más no puedo decir. Sólo vístanla y me la llevaré en auto a mi casa para atenderla. Lo que tiene no es nada físico, así que mi ayuda es la única útil ahora.

Todos asintieron a su orden, su voz era tan autoritaria como un sargento y su mirar tan frío como la nevada del exterior.
Las monjas obedientes hicieron lo pedido y ayudaron a llevar a la joven a su vehículo. La mujer les agradeció y apenas sonrió, antes de irse les dijo:

— Estará bien, confíen en mí. —dio un leve saludo con la mano y arranco el auto sin ni siquiera ver hacía adelante-

Esa mujer era rara, todos pensaban eso, pero nadie cuestionaba ni sus órdenes ni sus presentimientos. El respeto que le tenían era muy grande, aún más que las dudas que inspiraba su actitud tan distante.

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Un aroma a rosas, una suave y cálida sensación en su cuerpo. La joven abre los ojos levemente, todo se ve blanco luminoso, ¿qué es eso? ¿una burbuja?¿dónde estaba?
Entonces una voz suave le susurra, mientras ve una mano que se mueve a ella y le toca apenas la nariz.

— Una baño tibio te vendrá bien, tranquila, no te haré daño. —era dulce y entonces se pone enfrente para que la mire— Ahora te cuidaré.

Ella aún así se asusta y se mueve con torpeza, estaba en una bañera, pero sin importar cuánto tratara no podía hablar. Su cuidadora la sostiene con cuidado y entonces con la mano le tira un poco de agua en el rostro y le quita el pelo del rostro para que la viera bien. Esta sonríe y entonces le aclara.

— Soy Lucía, no podrás hablar por unos días hasta que tu ser esté pleno, eso toma tiempo. Ahora solo cálmate y disfruta, debiste pasar mucho frío hasta llegar aquí y no me gustaría que te enfermes.

La termina de bañar y entonces drena el agua para envolverla en una toalla. Sabía que le costaría recuperar el control en su cuerpo, en parte porque era como si hubiera nacido en uno nuevo, pero pronto ese sería el menor de sus problemas. La secó y le colocó un piyama grueso para mantenerla caliente, la llevó a una habitación para recostarla. Al taparla solo le besó la frente con cariño mientras acariciaba su largo cabello.

— Era cierto lo que decían, eres alguien encantadora Amuria. —al decir su nombre vio cierta reacción por parte de la joven— Descansa, mañana hablaremos.

Dicho esto se levantó y apagó la luz para dejarla sola y en silencio así podía dormir como se lo tenía merecido.
El cuerpo inmóvil de la joven contrastaba con sus alborotados pensamientos. ¿Qué hacía en ese lugar?¿Quién era Lucía?¿Por qué la llamaba de esa forma? Sintió un peso en su pecho, algo que la hizo sentir muy triste, no sabía que había ocurrido, con suerte recordaba su nombre, Amuria, pero todo lo demás era como un gran lago lleno de niebla. Algo imposible de ver, de recordar.

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En un lugar, cerca y lejos a la vez, un pelirrojo sin mirada alguna se acerca a su padre y entonces, con una voz seca y sin ánimo alguno le dice:

— Quiero pelear, ir con Frank y Galf a defender nuestro clan y nuestras tierra.

— ¿Por qué hijo mío? Eres muy joven para emprender a tal peligro, si me das una buena razón, pese a mi temor te dejaré ir.

— Porque ya no sé qué hacer, no tengo razón para pelear más que protegerlos a ti, a mamá y mis hermanos menores. Estoy...buscando algo que pueda llenar un vacío y pelear es lo único que puedo hacer para evitar pensar en ...—guarda silencio mientras mira hacía la nada, su rostro estaba tan serio, ya nadie lo reconocía de sus amigos o familiares, como si fuera otro.

— Bien Allan, te dejaré ir, pero debes prometer que volverás en cuanto llenes ese vacío. Sabes que no nos gustaría tener que cavar una segunda tumba.

— Lo sé, gracias papá.

Entonces sin expresión aún en su rostro, el joven se trasformó en dragón y comenzó a volar hacía su destino. Mientras era observado de lejos, con nostalgia, por aquellos que no lograban ver su sonrisa y preocupados estaban.

"¿Qué te pasó Allan?"

Era la pregunta que todos se hacían a su espalda, algo lo cambió y ahora ya no reía, ni miraba, ni parecía pensar como antes. Aquella guerra donde iría, tampoco era la solución o al menos eso creían todos; aún así   en la mente del mestizo solo cabía lugar para un objetivo: olvidar.






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En una pequeña habitación, una niña pequeña revisaba entre las miles de cajas que se encontraban a su alrededor. Entonces alza una roja y pequeña y exclama con entusiasmo:


— ¡Aquí estas! 

La abre con cuidado y de su interior saca un colgante, una cadena de plata con un talismán blanco, ella sonríe, como también el hombre que la espiaba desde la puerta. 


— ¿Qué haces? — pregunta él saliendo de su escondite.


[...]


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Empezamos con la tercera y última parte, ahora se viene las explicaciones en el segundo capítulo :P